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miércoles, 16 de julio de 2014

Félix III

Corrí. Corrí con todas mis fuerzas. Al final de la calle, estaba Erika, con los brazos abiertos. ¿Por qué ponía los brazos así? Seguramente fuese para que la pudiese ver, para que no escogiese el camino equivocado.
Por primera vez, me sentí vivo. Sentía cómo la brisa enfriaba el sudor que emanaba mi cuerpo. Sentía calor. Calor corporal. Mis huesos parecían volver a juntarse, para evitar perder esta ocasión. Mis heridas se cerraron. Los árboles dejaron de embeber la luz solar, para reflejarla y hacer que alumbrase mi camino. El asfalto parecía homogéneo, dejando de ser aquel suelo con el que me haría mucho daño al caerme, para pasar a ser la superficie que propulsaba mis pies, que me impulsaba hacia adelante, sin intención de dejarme caer.
Mi cuerpo aprendió numerosas sensaciones, que hasta ahora estaban encerradas en mí. El miedo se convirtió en otra sensación mucho distinta... ¿Nerviosismo? No... Tampoco era agitación... Me sentía... eufórico. Sentía como si pudiese levantar el mundo con la palma de mi mano, como si tuviese el mismo cielo en la palma de mi mano, no distante y lejano. 
Erika ya estaba justo a diez pasos de mí. Lo iba a llegar. Lo conseguiría. Sí. Ya no había nada más que me detuviese. Ya sólo queda un paso...

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Y llegué. Me choqué contra Erika, y me temía acabar en el suelo cuando me di cuenta de que el suelo se alejaba más y más. Estábamos volando. Era difícil de darse cuenta, pues seguíamos la línea recta que estaba trazando al correr, y, sin decelerar, empezamos a surcar el cielo. Intenté mirar hacia atrás, y vi al monstruo aún persiguiéndonos, ansioso e irritado. De sus labios, podían leerse más de una maldición que le echaba a Erika, aunque a ella no le pasó nada. Decía palabras con tanto poder, que más de una me habría eliminado, aún así, a Erika no le hizo efecto alguno. Es más, le estábamos ganando altura, y parecía volverse cada vez más pequeño e impotente.
Aún no habiendo nubes, comenzó a llover, y puesto que el sol estaba deslumbrante en el cielo, la ciudad se inundó de un grupo de arcoiris que surgían de los pequeños charquitos que se fueron formando en poco tiempo. En ese momento, Erika me cerró entre sus brazos, y me apretó contra ella. En el primer instante, fue incómodo, pero sentí cómo poco a poco el calor que emanaba de ella me impregnaba, comenzaba a correr por todo mi ser. Alcé la mirada alta, y le miré a los ojos. Sonrió. 
"Félix, ya sólo queda sacarlo de ti. Mira, ahí, en tu pecho." - Sin soltarme de Erika, conseguí mover la mano hasta el pectoral izquierdo, y sentí un pequeño cuerpo que se movía, bajo mi piel. Tenía una textura mucosa, y algo pegajosa. Miré por dentro de la camiseta, y ví una miniatura de las mil cabezas del monstruo que salía de mi pecho, y se movía irregularmente, asustada.
"¿Qu-qué es...?"
"Félix, has de librarte de él. Tienes que ver que no es cierto lo que dice. Que te engaña. ¿Te gusta que te peguen sin motivo? ¿Te parece bien no ir a la escuela? ... ¿Crees que es normal tu forma de vivir?"
"Pero... Siempre ha sido así... ¿Cómo no es así en realidad? Acaso... ¿Acaso todos estos colores son reales? ¿No es un sueño? ¿Es el mundo... así?"
"El mundo tiene tantos colores como desees. Si no deseas ninguno, el mundo será oscuro, mucho más sucio, negrerido que aquel asfalto que te impulsó hasta aquí, y antes te tendía una trampa mortal. Ahora bien, si lo deseas, la luz solar podrá, efectivamente, mostrarte toda la gama de colores que, hasta ahora, ha ocultado. Félix... ¿Qué quieres?"
"Yo... Yo..." - No sabía lo que quería. ¿Era realmente tan bueno aquello que me ofrecía Erika? ¿Cómo podía estar seguro de ello? Aunque... ¿Podría ser peor a como estaba siendo ya? 
...
Seguramente no. Entonces... Decidí aceptar la ayuda que me tendió Erika.

Y la cogí, agarré su mano tan fuerte como pude. Erika sonrio, y entonces...
Entonces...
¿Eh?
En algún momento había cerrado los ojos. Noté un fuerte dolor en mis dos piernas, e intenté moverlas, pero sin resultado. El dolor se clavaba de tal forma que me inmovilizaba completamente todo el cuerpo, como si se propagase por la médula espinal, hasta todas y cada una de mis terminaciones nerviosas.
Abrí los ojos lentamente... Estaba en... Un lugar que me sonaba mucho. Demasiado. Miré a mi alrededor, podía ver mi armario, mi escritorio... ¿El ordenador que despedazó mi madre? ¿Mi ordenador? Ésto no será...
Mi duda se disipó cuando en el techo vi un dibujo que hice hace mucho tiempo, cuando era pequeño. Era una chica mágica, que conseguía salvar a todo el mundo con la sola ayuda de un deseo, y esperanza, bajo el dibujo, decía: "Nunca olvides: Siempre, en algún lugar, hay alguien luchando por ti. Siempre y cuando no lo olvides, nunca estarás solo." Nunca llegué a entender muy bien que significaba, pero algo de esta frase me pareció precioso.
Aunque mi felicidad al evocar aquella memoria del pasado lejana se hizo pedazos al recordar mi situación: ¿Por qué estaba en casa? Yo... Yo estaba fuera con Erika... Y entonces...
Me empecé a temer lo peor. ¿Todo aquello había sido un sueño? Entonces... ¿Yo seguía igual? Ahora mis piernas no funcionaban, por lo que mi posibilidad de escapatoria se hundía en una profunda ciénaga. Mi destino ya estaba claro, el resto de mis días se pasarían anclado a mi dormitorio, donde seguramente moriría de hambre o de sed. Aunque con suerte, podrían infectárseme las piernas y morir mucho antes, sufriendo menos días en este infierno desolador.
Alguien llamó a la puerta. ¿Mi madre? No creo... Entonces... ¿El monstruo? Preferí no contestar, pues en algún lugar de mi interior deseé evocar algún ápice de bondad que pudiese tener. Algo que consiguiese hacer que se apiadara de mí, y se marchase. Pero entonces escuché una voz, demasiado familiar y primaveral para ser la hibernal del engendro. "¿Se puede?"- Fue lo que dijo, y entreabrió la puerta. Unos mechones de color rojo puro se colaron por el resquicio que despejó. Su rojo era puro, más puro que el de la sangre, como minado de algún gran incendio que hubiese arrasado un continente entero. Era la primera vez que veía semejante color, y tras él, se asomó una cabeza morena, que me miró, y volvió a preguntar: "¿Podemos pasar?" risueña. 
Era... Era Erika.
"¿Erika? Pero qué haces... Si hasta ahora... Yo..."
"Lo sé, lo sé. Te encontramos en el jardín, y acababas de llegar de hacer esos recados. ¡Madre mía! Nunca sabré cómo pudiste aguantar tanto. Pero por una razón u otra, creo que fue porque llegaste bastante tarde, tu madre empezó a cebarse contigo. Golpe tras golpe, patada tras patada, interrumpidas alguna que otra vez con algún puñetazó, estabas en el suelo con medio barrio observándote, sin hacer nada. Ya te tenía un ojo encima desde hace bastante tiempo, y al ver eso ya no pude resistir más, y decidimos actuar. Aura, este chico," - señaló con el pulgar al joven que tenía a su lado, que saludó con un gesto afable. "Consiguió contenerla, y entonces fui corriendo a sacarte de aquel lugar, pero justo entonces tu madre se liberó, e intentó cogerte de vuelta, pero conseguimos evitarlo sin problema alguno, ¿verdad? - Y el chico asintió satisfecho - Entonces nos miró, impotente, y observó un pedrusco que había en tu jardín. Nos temimos lo peor, aunque era demasiado grande como para que pudiese con él, y sería muy difícil que pudiese hacerte más daño aún utilizándolo. Así, se puso justo en frente, y tras soltar su última lágrima, se inclinó hacia él, para lanzarse de cabeza, y acabar así con su vida."
"La gente se volvió loca, y aunque muchos desertaron para volver a su hogar, escapando sin realmente saber de qué huían, al menos hubieron dos o tres que se preocuparon por ti, y nos ayudaron a llevarte hasta tu cama, mientras que otros dos llamaban a una ambulancia para ver si le quedaba esperanza a tu madre."
"Aún así... Lo siento. Lo sentimos mucho, no pudimos hacer nada por ella, aunque en sus últimos momentos, pudo dictarnos una carta, que prometimos darte en cuanto despertases. Una carta que no estaba escrita por la madre que te torturaba, sino por la que luchó cada día para regresar, aunque nunca lo consiguió. La carta la tenemos a buen recaudo en casa, así que cuando vengas, que no se te olvide pedírnosla, ¿entendido?"
... "¿A dónde?"


Los días pasaron, y poco a poco pude ir recuperando la movilidad que había perdido. Los médicos cada vez que me examinaban se sorprendían. "¿Pero cómo pudiste aguantar tanto tiempo?" Decían. Al parecer, mis huesos estaban casi pulverizados, y nadie entendía cómo pude moverme sin dificultad. 
Aunque siempre que se lo cuestionaban, miraban a Erika, y ella sólo decía. "Magia... ¿No?"
Tanto Erika como Aura venían todos los días a verme, y todo lo que hacíamos era divertido, aunque siempre manteniendo mi estado de reposo en cama, para que no empeorasen mis lesiones. Nos pasábamos el día jugando y riendo...
A los pocos días, me permitieron moverme en silla de ruedas, y pude ayudarles con mucho más. Me sentía muy inútil en la cama, sin moverme para nada mientras que ellos invertían todo su tiempo en mí, pero una vez en la silla, pude al menos ayudarles a hacer algunas tareas y demás. Me enseñaron muchísimas cosas nuevas. Desde tareas aburridas como barrer y quitar el polvo, hasta otras muy interesantes como cocinar, pintar, e incluso estudiar.
En pocos meses, Erika me pudo enseñar todo lo que me perdí en la escuela. Me costó un poco, eso sí, pero todo este esfuerzo me permitiría volver a la escuela, donde conseguiría hablar y conocer otras muchas personas. Chicos inteligentes, estudiosos, graciosos, etcétera, y saldría de mi apagada monotonía casera. 
Al año, ya pude dar mis primeros pasos en todo este tiempo, y aunque ayudado de una silla de ruedas, pude comenzar mi nueva vida. 
Ya hace dos años de todo ésto, más o menos. Es difícil decir cuanto tiempo pasó, pues mis días ya no son para nada umbríos, sino todo lo contrario. En la escuela, al parecer soy bastante conocido, sobretodo por ese color violeta que poseemos tan solo Aura y yo.
No sé decir con exactitud cuando fue que me di cuenta, pero al tiempo de vivir en casa de Erika, saliendo de la ducha, descubrí que mis ojos ámbar pasaron a ser de un color amoratado, con un brillo muy peculiar, y muy parecidos a los de Erika y Aura. 
No todo el mundo era capaz de verlos de éste color. Sinceramente, no era popular debido a que mis ojos eran morados, sino sólo porque muy pocos compañeros podían verlos morados, mientras que el resto que dudaba de su tono siempre los veían ambar. Eso sí, aquellos que sabían que eran morados, no lo dudaban nunca, y en ese grupo, he de incluirme yo también. 
Y ahora... Ya no sé qué más decir... En estos dos años pude darme cuenta de que era algo especial, así como Erika y Aura, y es una sensación... Muy extraña y compleja, pero hermosa. Si algún día pensáis que vuestros ojos son de mi color, sólo tenéis que creer en ello, y efectivamente, lo serán. Con estos ojos, podréis ver más allá de lo que os enseñe el mundo, e incluso podréis crear y modificar parte de él. 
Hay una palabra que todo el mundo suele repudiar... "Soñar", pero aunque nadie quiera utilizarla, existe porque podemos hacerlo, y esa es nuestra clave para seguir adelante, aunque el mundo no nos muestre más colores que el negro.
Gracias, Erika y Aura, por todo ésto que me habéis enseñado. Y como agradecimiento, cada vez que vea un niño, un adulto, incluso un anciano, que esté viviendo aquel infierno, utilizaré esas palabras mágicas con las que Erika me sacó de él: "¿Y tú... En qué crees?"

viernes, 27 de junio de 2014

Félix I

Creo que no dejé por aquí el primer capítulo del arco de Félix, ya mejorado y todo eso, así que lo dejaré por aquí:

Yo... Yo nunca he sido, ni seré como Aura. Yo estaba consumido por la triste realidad...Yo era uno más de esos chicos.
Las pinzas de este desalentador mundo pescaron mi alma, y se dieron un festín con ella. Fueron arrancando, granito a granito, toda esperanza que pudiese tener, y toda felicidad que en mí se pudiese hallar.
No, no era así.
Realmente me demostraron que toda esperanza era una ilusión. Rebajaron mi fe, a un simple engaño. Recién nacido, era un increíble individuo, capaz de sonreír en cualquier momento, incluso podía hacer a la gente feliz con movimientos aleatorios, que ni tan siquiera estudiaba.
Pero no... Poco a poco, esos dulces brotes de seguridad, de certeza de un futuro feliz, fueron siendo recogidos prematuramente, y desechados, pues al parecer, ni servían para abono, aunque ni siquiera hicieron el intento de buscarles y proporcionarles un nuevo uso...
Mi espíritu, mi esencia, de un blanco perfecto y luminoso, comenzó a ser profanada por otras muchas emociones. Envidia, tristeza, desconfianza, inutilidad, cobardía... Ninguna de estas emociones nacieron junto a mí, pero todas fueron infundidas, como si de conocimientos básicos se tratasen. Yo vine a este mundo feliz, y lo único que me dijeron al llegar, fue que tal realidad sólo existía dentro del vientre, y que tras él, el único sol que iluminaría mis días sería oscuro y triste.
Aún así... Yo... Ya no soy así.
Ni lo seré. Nunca más. Jamás.


En caso de que queráis seguir leyéndolo por blogger, aquí lo dejo:


Erika... Me demostró que nada es así. Me enseñó que en su hogar, aún queda color. Aún hay esperanza, aún hay ilusión, aún hay... humanidad.
Erika me recogió un día lluvioso, como casi todos en este lugar... Yo estaba llorando, derramando lágrimas azules cuyo color se evaporaba, como si el aire estuviese al rojo vivo. La gota, cuya única diferencia con el resto de gotas que caían del cielo, tenía su origen en mi ojo, pero cayó, y se mezcló con el resto de sus hermanas, en uno de los muchos charcos que se habían formado en el asfalto.
Si Erika no me hubiese acogido aquel día, seguramente yo ya habría dejado de ser quien soy, sin apenas punto de retorno. ¿Por qué lloraba? La verdad, no tengo ni idea. Pero sé que desde que mis ojos se abrían al levantarse el sol, hasta que luchaban por cerrarse al ponerse, eran escasos los momentos en los que no estuviesen húmedos...
Aquí, conocí a Aura. Esta vivienda era como un fuerte para los que aún creíamos, en un futuro brillante y alegre. Bueno, realmente no "era como", sino era, y sigue siendo, la última línea de defensa, para todos los que creemos que los términos "fantasía", y "realidad" no son antónimos.
"¿Y tú... En qué crees?"
Esas fueron las palabras que me dijo Erika aquel día, y con las que algún día, me gustaría ayudar a alguien, de la misma manera que lo hizo ella, conmigo...

Pero ese breve resumen de lo que pasó aquel día es insuficiente, ¿no?
Nací en el seno de una adinerada familia. Tanto mi padre como mi madre ganaban bastante más que cualquier otra persona en esta ciudad, y teníamos una casa amplia y luminosa. Por ello, mis padres decidieron otorgarme este nombre, Félix, "el se considera feliz y afortunado". Pues pensaron que ese sería mi destino...
Mis padres trabajaban de directores de empresa, por lo que no venían apenas a casa, a no ser que viniesen acompañados de archivadores repletos de impresos incomprensibles, que cada uno contenía avariciosos proyectos, de los que dependían el sueldo de muchos.
Pero mis padres tampoco iban a dejar solo a un crío de apenas unas semanas, y por ello, mi madre se pidió una baja temporal, para cuidarme, y colocó a una empresaria bastante prometedora en el cargo de directriz temporal. Ana llevaba bastante tiempo trabajando, y todo y cada una de sus ideas eran puras menas repletas de minerales preciosos, por lo que mi madre fue entablando una fuerte amistad con ella, y decidió confiar en ella para este alto cargo.
¿Cual fue la sorpresa? Cuando llegó al cargo, los pilares que llegaban hasta el techo, pasaron de ser de papeles, a ser de billetes. Su nuevo lugar de trabajo era tan amplio, que incluso daría envidia a algún acomodado hombre. Tanto era así, que escuché que apenas salía. 
Pero el tiempo pasó, y el mundo idílico donde los billetes florecían por las esquinas de la empresa debían llegar algún día a su fin. Cuando mi madre volvió a su puesto, las caras que se encontraba en su oficina, ya no eran las mismas. Esas amables caras que respetaban la figura de mi madre como directiz, que siempre le devolvían su saludo, desaparecieron. Ahora tornaron a susurros, aunque mi madre hablase para todos sus empleados, ya apenas dos o tres le escuchaban, mientras una mitad de los que cuchicheaban sobre "la pobre Ana", y la otra se mofaba de ella sin ningún reparo. Poco a poco la magia de Ana se desvaneció, y el balance entre billetes y papeles se recuperó, pero efectivamente esto no era de agrado para todo el mundo. 
Entonces, un día cualquiera. No había ninguna señal de que tuviese que ser ese día, aquel día parecía completamente ordinario. No había ninguna forma de esperárselo, ninguna señal, ninguna noticia, ni tan siquiera una premonición ni un mal augurio. Al llegar mi madre a las puertas del trabajo, se encontró con todos aquellos empleados, partidarios de Ana, aglomerados ante la puerta. Con pancartas del estilo de: "Queremos una directriz, no una perdiz" o "no a la corrupción, sí a la negociación" Vió mi madre cómo crecía una muralla más infranqueable que la mismísima Muralla China frente a las puertas de su amado trabajo, y decidió no volver a aparecer cerca de aquel lugar.
Gracias a esto, mi madre pasó más tiempo conmigo. Pero ella no era feliz... Su empresa, tras unos meses, cayó en picado. Ana se embolsó todo el dinero. Se dice que convirtió el dinero en lingotes de oro, y solo guardó lo necesario para una vida cómoda, dejando el resto para usarlo como si fuesen piezas de construcción, y hacer una fortaleza en su salón, que se veía, y se sigue viendo al pasar por la calle, como si fuese una encarnación de todos los sueños, ilusiones y duro trabajo que habían empleado todos, para que una simple mujer consiguiese engañarles, hacerse con todo ello, y destrozarlo.
Por ello, mi madre era la presa de una multitud furiosa. Trabajadores sin dinero, prensa entrometida, e incluso algunos viandantes que escucharon las habladurías de estos, y decidieron unirse a su furioso rebaño. Todos lo sabían. Ella no había sido más que una víctima, pero "alguien tendrá la culpa, ¿no?" - Decían. No solo destierran a mi madre del castillo que construyó ladrillo a ladrillo, sin ayuda alguna, sino que además le culpan del destierro. Hay que admitir, que aquella malvada Ana planeó todo al dedillo, sin una sola falla.
Poco a poco, mi hogar dejó de ser éste, para ser la morada de un oscuro engendro. Éste, tenía mil cabezas, las cuales todas hablaban a la vez, quejándose incesantemente. Sus brazos y piernas no eran ni uno, ni mil, sino ambos conceptos a la vez, y su cuerpo parecía diminuto, en comparación a estas extrañas extremidades. Su cuerpo parecía absorber la luz del sol, y sólo reflejaba una luz podrida, que fue infestando poco a poco mi hogar. El cristal dejó de ser transparente, la vajilla pasó a ser de un gris apagado, que por mucho que fuese lavado seguía del mismo tono. A veces, si dejabas la comida más de un cuarto de hora, pasaba a teñirse de éste color, y parecía tierra húmeda al gusto.
El monstruo aparecía siempre que me quedaba solo, recordándome en lo que se había convertido mi madre. Una mujer inapetente, desanimada. Cuya vida se limitaba a no querer comer, y dormir. Poco a poco, este estado de ánimo comenzó a tintarse de una roja furia hacia Ana, que pagaba con mi padre. Comenzó con gritos, que pasaron a ser algunos golpes, que al principio tenían freno, pero éste fue seccionándose, hasta desaparecer.
Todo esto pasó mientras que yo tenía cinco años. Era un pequeño muy sonriente cuando estaba fuera, pero cuando estaba en casa tenía que sobrevivir al monstruo, que poco a poco fue haciéndose uno con mi madre. A veces pensaba que Ana era en realidad otro engendro similar al que se hospedaba en casa, nunca habría pensado que no era más que otra persona, como todos nosotros.
Mi padre fue dejando de venir a casa. "No era de extrañar", pensaba yo con siete años. Con tan solo poner un pie dentro de la casa, el monstruo, ya capaz de aparecer ante él, surgía de cualquier recoveco de la casa para bramarle y agredirle, sin causa alguna. El simple hecho de salir a por comida podía convertirse perfectamente en una excusa para dos o tres puñetazos. "¿Por qué me dejas sola?" "¿Es en esto en lo que nos hemos convertido?"
Poco a poco, el efecto del deforme fue haciendo mella en mi padre, que cada vez venía menos a casa. A veces salía a dar una vuelta con sus amigos, y no volvía hasta después de dos o tres días. La última vez que vino, creo, tardó tres meses en venir, y era para hacerse con todo lo que pudiese de su armario cuando el monstruo estaba despistado, para salir corriendo nuevamente, hacia una nueva vida, dejándome solo ante el peligro. Aunque bueno, después de tres meses, realmente ni esperaba que viniese, ya me había hecho la idea. Al salir él me vió, y rápidamente salieron lágrimas de sus ojos, y con un "lo siento" cerró una puerta por la que nunca volvería a entrar.
Erika era profesora de mi colegio. Era bastante pequeño, y sólo había una clase por cada curso, por ello. Ella también era la profesora de preescolar, y era muy querida en nuestra clase, siempre fue muy cálida y amable con todos sus alumnos. Pero para mí, era una persona muy especial, yo le contaba mi situación familiar, y siempre intentaba animarme. Realmente  no sé si me creía del todo. Igual sólo me escuchaba sin escucharme, y asentía para tranquilizarme. O igual si que confiaba en la verdad de lo que le contaba.
Al deforme monstruo eso no le hacía mucha gracia, y después de ir dos años al colegio, y conseguir tener confianza con Erika como para llamarle "amiga", me privó de, incluso, ese rato de felicidad, y dejé de asistir a la escuela... Rompió como cuatro o cinco veces el despertador para que no llegase a tiempo, y de vez en cuando esperaba en la puerta de entrada para evitar mi salida. Cuando ya este hábito era diario, pude esquivarle durante dos o tres meses saliendo por la ventana, pero al darse cuenta, también esta abertura fue sellada.
Aun así, si bien le contaba sobre este monstruo, nunca le contaba el porqué de su existencia. Nunca llegué a mencionar a mi familia con Erika. Y cada vez la duda era más grande. "¿Me verá solamente como un niño que tiene pesadillas a diario?" "¿Creerá que no soy más que un pequeño malcriado que no recibe suficiente dosis de televisión por las mañanas?" 
El no contar nada acerca de mi familia no era a motu propio, era prohibición materna. Nadie debía saber qué pasaba desde la puerta hacia dentro, y mientras tanto, de puerta hacia fuera, ella seguiría siendo la deslumbrante directriz que siempre fue, consiguiendo dar una imagen de mujer ideal a todos, menos a aquellos relacionados con su empresa. Claro está, que como hijo suyo, yo también debía parecer un hijo ejemplar, cubriendo con un velo precioso la horrible situación familiar que en realidad teníamos. A veces, ese velo sufría algún rasguño debido a algún fallo en nuestra actuación, y pocos eran los que a través de ese agujero podían vislumbrar la oscuridad que emanaba de nuestro hogar. Aún así, mi madre era experta en zurcirlos, y conseguir evitar que los curiosos, o los más espabilados, llegasen a provocar algún cambio en nuestro día a día.
Puesto que mi padre no estaba, poco a poco, me convertí en el saco de arena de mi madre. Me golpeaba con todo aquello que cayese en su mano. Los platos podían convertirse en discos voladores que en lugar de ser cogidos por un perro se enfrentaban en enjambre a mi pecho, espalda y piernas. Sólo me pegaba en partes poco visibles. Tanto era así, que mi cuerpo tendría, en total, más superficie amoratada que sana, y mis huesos parecían crujir al andar de las incontables fracturas que debían tener. Intentaba no acercarme a nadie, pues el simple roce con mi piel me llegaba a causar dolor punzante, y pánico: "¿Ellos también me harían daño?" Y esto fue haciendo de mí un ser incapaz de valerse por sí mismo. Era analfabeto, pues dejé de ir a la escuela. Sólo sabía leer, y mi escritura no alcanzaba a poco más que garabatos dificilmente descifrables.
Básicamente estaba roto por dentro. Mi alma tenía tantas grietas y heridas como tenía mi cuerpo, pero, al igual que todos estos daños, nadie era capaz de verlos. Todos veían en mí el niño prodigio, nacido en una familia próspera. Nacido en una familia en la que todos querrían haber nacido. Nunca sabrían lo mucho que se equivocaban. Ésto no era para nada el Valhalla de unos pocos afortunados, sino el Tártaro, que aunque creado para los malhechores, cogió una víctima aleatoria sin culpa alguna, y se daba diariamente un festín con ella.
La gente ni se paraba a preguntarse por qué no iba a la escuela, o qué hacía mi madre como trabajo. No. Eso era demasiado agotador para ellos. Lo mejor era aceptar que teníamos una buena vida, y regañar a aquellos que hiciesen preguntas arriesgadas sobre mi bienestar, pues ponían en duda la identidad de mi ilustre madre. Era la vía más fácil, y cómoda. Aquellos dos o tres curiosos que de vez en cuando surgían, se veían desanimados cuando se encontraban con el resto de la gente, y finalmente, la sociedad, completamente homogénea, cesó en sus intentos de rescate.
Mi vida...  Era horrible.

¡Muchas gracias por vuestro tiempo en leerlo! Ya dejé la segunda parte por el blog, creo, así que si os gustó, pasaos y lo encontraréis. ¡Hasta otra!

martes, 24 de junio de 2014

Félix II

Estaba pasando a limpio el relato de Félix, las segundas y terceras partes que podéis encontrar por este blog, pero en el proceso, acabé escribiendo una historia completamente diferente, así que aquí os la traigo. Dejaré algunos párrafos, para que leáis un poco de ella, y si os gusta, podréis continuarla en el link que os dejaré abajo.

Un día, mientras iba cargado con los kilos de compras de alimentos que mi madre me ordenaba a hacer, muy por encima de mis capacidades físicas, me encontré a Erika, mi antigua profesora, de camino a mi casa. ¿Por qué "antigua profesora"? Ya ni voy al colegio. Bueno, eso desde hace mucho tiempo, tanto, que estaba comenzando a olvidar el camino para llegar. No exactamente por donde debía ir, eso siempre lo recordaré. Siempre permanecerá en mi memoria para cuando pueda regresar. Más bien, mi mente estaba deshaciéndose de las memorias sobre cómo se veía el camino. La forma de los árboles, alzándose a por el sol, que siempre permanecía brillante, aportándote energía en el camino, los campos de flores en terrenos sin casas, así como las casas que llevaban más de un siglo en pie y comenzaban a convertise en ruinas, mimetizándose con el verde de la vegetación que trataba de recuperar su territorio. En casa, las ventanas siempre estaban cerradas, y con cortinas y persianas echadas, así la hermetización era perfecta, y sólo se nos conocería por nuestros actos al levantarse el telón.
No sé si fue astucia de Erika, o casualidad del destino, pero gracias a que no me la encontré cerca de casa, pude aceptar su invitación de ir a tomar un helado. Aunque mi casa esté completamente hermetizada, eso sólo era en dirección dentro hacia afuera, pero mi madre tenía muchas y diversas formas de vigilarme. Al hablar con ella, me regañaba por acariciar al perro del vecino, estar mucho rato hablando con su dueño, quedarme un rato en el cesped pensando, y demás.
Por primera vez, me di cuenta de lo bonita que era la ciudad. Lo único que conocía de ésta, eran las cinco o seis calles que conducían de mi casa a la escuela, y de mi casa al supermercado. Dejamos las cosas en el coche de Erika, que casualmente estaba aparcado muy cerca. Aunque tal vez no fuese tan "casualmente", sino alguna trama de mi antigua profesona para conseguir ayudarme, ¿por qué iba a aparcar si no un coche en una calle completamente residencial a las a fueras de la ciudad, donde ella no vivía?
Al poner las cosas dentro, Erika vio como mi brazo temblaba al intentar alzar todo ese peso, y decidió ayudarme con ello, pero como resultado rozó uno de los muchos moratones que tenía al rededor del húmero, e hice una mueca que le preocupó bastante. Yo no quería que se preocupase, e intenté esbozar una sonrisa haciendo acopio de toda la felicidad que pudiese, aunque no pareció funcionar mucho.
"No sé cómo has podido aguantar hasta ahora así, debes ser muy fuerte." - Dijo. No entendí muy bien sus palabras. ¿Acaso no vive la gente así?


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Si queréis seguir leyéndola por Blogger, continuad por aquí:

Desde que dejé de ir al colegio, comencé a pensar. Igual aquellos chicos que sí iban al colegio, era porque eran mucho más fuertes que yo, y podían luchar contra sus padres. Tal vez eran más inteligentes, y podían encontrar caminos allá donde yo no los veía. Tal vez solo tuvieron más suerte, y sus padres aún no se dieron cuenta. Tal vez... No sé. Creía que algo tenían, o hacían, que yo no conseguía lograr, y que les permitía seguir yendo a aquel paraíso llamado instituto.
Erika terminó por colocarlo todo ella, y tras el clack que sonó al cerrar el maletero, nos dispusimos a ir a la heladería. ¿Cómo sería una heladería? Seguro que tiene que ser un lugar frío. Los lugares fríos solían gustarme, en casa, puesto que no dejábamos ni un solo orificio por el cual pasase aire, el calor poco a poco se fue acumulando. No era calor "humano", por así decirlo, ese calor es agradable y acogedor. Era calor residual. Al hacer la comida, al ducharte,.. Se iba generando y acumulando. Pero el calor "corporal" es algo que mi cuerpo nunca produjo. Al hablar con Erika, siempre me fijaba en la especie de "calor" que desprendía. Era como cuando encendíamos entre mis padres y yo la chimenea, para calentarnos en el frío invierno. Era un calor acogedor, que hacía derretir todos los carámbanos de hielo clavados en tu ser.
Aunque el "hielo" de esos carámbanos era malo, una heladería no podía ser para nada mala. Recuerdo como algunos de mis compañeros de clase se pavoneaban de ello, y se sorprendían al descubrir que no sabía de qué hablaban.
Por el camino, fuimos hablando de varias cosas. Me estuvo contando algunas aventuras que había tenido recientemente en el instituto.
"Pues verás, ¿recuerdas las escaleras que había justo frente a tu clase? Descendían hacia la izquierda de la puerta, y al bajar seguías recto, tras pasar un pasillo lleno de dibujos de pequeños de infantil, llegarías al patio." - Asentí, y continuó: "Ayer unos chicos estuvieron jugando al castillo. El juego tenía dos o tres grupos, y se iban turnando. Los que estaban más arriba. lanzaban pelotas a los que estaban más abajo, que tenían que esquivarlas como fuese. Si una pelota llegaba a tocar a alguien, perdía, y el grupo que más aguantase ganaría. Unos chicos cogieron una pelota bastante grande, y lo lanzaron como si fuese las pelotas de goma con las que siempre jugaban, pero entonces el de abajo no pudo esquivarla, y se cayó."
"¿Qué le pasó?"
"Nada grave, por suerte, cayó apoyando una mano, y sólo se hizo unos rasguños. Eso sí, el berrinche que tenía se podía escuchar por todo el colegio, y nos dio un susto bastante grande. Jugar en las escaleras estaba prohibido."
"Y... ¿Qué hicisteis con los chicos? ¿Les pegasteis?"
"¿¡Pegar!? ¿Cómo íbamos a hacerles eso?" - Dijo. En su cara se mezclaban tanto horror como sorpresa, a partes iguales. ¿Había dicho una cosa tan rara? Era casi la misma expresión que pusieron mis compañeros con lo de la heladería, sólo que mucho más seria. Mis compañeros después de sorprenderse, se rieron todos, ella no.
"En mi casa se suele hacer... Si hablo mucho con los vecinos, o si paso demasiado tiempo fuera, es lo que provoco. Mi madre se pone triste, porque no le he hecho caso, y dice que la gente necesita pagar sus penas con alguien, y que ese "alguien" me tocaba ser a mí. ¿No os enfadó que no cumpliesen esas normas?"
"Sí, pero pegar es aún peor. Si les hubiésemos pegado, nos habríamos enfadado con nosotros mismos."
"¿Por qué?"
"... Por qué, dices." - Permaneció algo pensativa durante un rato, pero tras recorrer dos o tres calles, continuó: "Porque estaría mal. ¿no? No es justo que alguien imponga su razón por la fuerza, ¿no crees?"
"Justo..." - Dije. Finalmente, llegamos a un local. Erika se paró, miró hacia el letrero, y dijo: "Es aquí, ¡por fin hemos llegado!", y entramos. Al cerrar la puerta, sonó una campanita, y acto seguido una chica vino a guiarnos a nuestro sitio.
Nos sentamos, y la chica nos preguntó que qué tomaríamos. Creo que Erika pidió por mí, porque cuando trajo las cosas, nos colocó una especie de tarrinas con dos pelotitas que soltaban una especie de vapor neblinoso, aunque muy fino. Cogí una porción del "helado" y lo probé. El sabor inundó mi boca. Pensé que estaría muy caliente, y por ello soplé antes de devorarlo, pero no fue para nada así. Un suave sabor a chocolate llenó mi paladar, y aunque me dió un poco de calambre en algunos dientes, era un sabor muy afable, que parecía comprenderme, y ayudarme a olvidar algunos de los peores momentos de mi vida.
Lo racioné muy bien para que durase el mayor tiempo posible, tanto fue así, que Erika ya hubo terminado con el suyo, cuando yo aún llevaba a penas la mitad.
"Vaya, aún te queda bastante, voy a aprovechar para ir al baño. Después, tengo que hablar contigo muy seriamente, ¿vale?" - Asentí, no presté demasiada atención a lo que dijo, aunque seguro que no era nada malo. "Ahora vuelvo." Y se levantó, y alejó.
Seguí disfrutando con el helado. Era una cosa muy extraña, ahora su forma era menos rígida, y comenzaba a ser una especie de batido, aunque seguía estando delicioso. Aunque este momento de placer no duró tanto como esperaba...
Frente a mí, en el lugar que debía ocupar Erika, se apareció el engendro que acechaba en mi hogar.  Sus cabezas comenzaron a extenderse, y a inundar todo el bar, y cada una de sus caras, cubrió como una máscara las caras de los demás clientes, fijándolas, para que no volviesen la mirada hacia mi lugar.
Tu madre lleva esperándote mucho rato, ¿quién te crees que eres para hacerle sufrir así?
"Yo... Yo no..." - Miré el reloj de la heladería, y ya hacía más de una hora que debería estar en casa. No se me había olvidado, para nada, de hecho intentaba olvidarlo, era la única cosa que bloqueaba el sabor completo del helado: miedo, que se aunó con una terrible sorpresa para generar una de las peores sensaciones que había vivido hasta ahora. 
¿Eres feliz? ¿Te crees que has evitado todos tus problemas? Tu madre no ha podido aguantar tu retraso, y ha muerto. Ha muerto por su propia mano. Todo por tu culpa, por egoísta.
Sus palabras parecieron cortarme en dos, diagonalmente. La curva que trazaron, como si de una espada se tratase, me atravesó de cabeza a pie, en una línea completamente recta, casi perfecta. El mundo volvió a ennegrecerse: "Que yo he..." - Fue lo único que pude decir. El monstruo rió burlón, y decidió seguir golpeándome donde lo hizo mi madre, recuperando los estigmas que me unían con él. Las heridas, no estaban para nada curadas, y parecía que cada golpe iba a ser el definitivo, el que me liberaría del resto de golpes, pero al final nunca era así, y siempre había lugar para un nuevo golpe 
¿Ahora le cogiste cariño a una profesora? Qué pardillo. ¿Te crees que su trato es especial? ¿Te crees que has sido el único con el que ha hecho ésto? ¿Contigo? ¡No me hagas reir! No eres más que otro engendro, como yo. De hecho, tú eres el que me creó. Si no existieses, tu madre nunca habría dejado la fábrica, ¿no crees? Y esa tal "Ana" nunca se habría aprovechado de ella. Todo es culpa tuya, ahora dime: ¿Para qué has nacido? ¿Para hacerle aquello?
No quería admitirlo, pero no mentía. Si yo no hubiese nacido, mi madre no le habría dado nunca esa oportunidad a Ana, y ahora mismo nadie sufriría. Sentía cómo poco a poco, el techo del local se iba cayendo encima mía. Ladrillo tras ladrillo, viga tras viga, e incluso trozos de cemento y pintura caían sobre mi cabeza, y rebotaban hacia el suelo. Debería haber muerto en el primer impacto, pero no. Éso no era lo que él quería. Yo debía sufrir, no morir. Sufrir eternamente, para así poder alimentarse del color de mis lágrimas, todos y cada uno de ellos arrancados de mi alma.
No podía quedarme allí. Sentía como ya no podría sobrevivir más. Ya quedaba poco de aquello que me hacía seguir viviendo, que de acabarse, me convertiría en un muñeco andante. Tenía que huir. La ventana estaba justo a mi izquierda, y parecía gritar "¡Por aquí, por aquí!", la abrí lo más rápido posible, y conseguí salir de ahí. 
Ahora debía correr. El monstruo parecía reirse, y se quedó sentado. Aunque estaba seguro de que sólo quería darme algo de ventaja, para que luego al alcanzarme la captura fuese más placentera. El edificio, por fuera, estaba intacto, y aquello que me había golpeado desapareció. No había pasado nada, aunque en mi cuerpo seguían las heridas, aún abiertas, de todos y cada uno de los impactos que había recibido. Correr nunca había sido tan doloroso, pero era una cuestión de vivir unos segundos más, o rendirme ya al inescapable desenlace que me esperaba.
En ese momento, vi una figura en la lejanía. Ésta no estaba poseída por la magia del monstruo, ya que su cara no era negra e impasible. Tenía un tono de piel algo moreno, y el pelo le llegaba hasta el cuello, completamente liso, deslumbrando con un brillo cobrizo. Era el mismo tono que tenía Erika, siempre recogido en una coleta.
No, no era el mismo tono de Erika, sino el tono de Erika. Era ella, no tenía duda alguna. Escuché los pasos acelerados del monstruo, que por primera vez temblaba, con una expresión preocupada. El verle así me infundió aliento. Por primera vez, sentía que estaba en su mismo nivel, que podía competir contra él. Seguramente, Erika conseguiría, en caso de que llegase, hacerme el ganador instantáneamente.


¡Gracias por vuestro tiempo leyendo todo ésto! Para mí es muy importante, de veras.

jueves, 27 de marzo de 2014

Félix 4

[Entrada antigua, historia cambiada. Nueva historia -> http://www.wattpad.com/55953904-magouden-f%C3%A9lix-ii ] En caso de que quieras seguir con la antigua, sigue leyendo ^^.

- ¿Qué haces? - Dijo con un tono rígido. Ésta no era la feliz Erika que yo conocía. No. Algo pareció enfadarla. ¿El qué?
+ Yo... Tengo que... Volver... Si no...
- ¿Si no qué?

¿Qué hacer? A esta altura, seguir corriendo será imposible...

- Félix... De verdad eres tú quien quiere volver... O es... ¿él?
+ ¿Él?... ¿Quién?

Miré fijamente a Erika. Estábamos solos en la calle, no había nadie visible a ninguna dirección. El mundo seguía oscuro como siempre, y empezó a llover. Por más que examinase con detenimiento mi alrededor, no aparecía nadie. Mi miedo se convirtió en duda, con un toque de malestar.

-Félix. Sepáralo de ti. Está ahí, en tu pecho.

Cogí el cuello de la camiseta y lo aparté un poco de mi pecho, y miré.

Ahí... Sobre el pectoral izquierdo, había algo. Una sustancia negra, como petróleo, que se adhería a mi piel, pero no lo hacía al tejido de mi ropa. En su superficie, veía una especie de pequeño bulto que se movía.

"No has de decirlo, no tienen por qué saberlo. Esto es normal, ¿no? ¿Para qué se lo ibas a decir? Aunque si lo dices... Bueno. Pero seguro que no se lo dirás a nadie. Hoy te llevarás un golpe menos."

+ ¡Ah! Qué es... eso?
- Es un Magouden. Tú no piensas así, pero él sí. Has de librarte de... él. Félix. ¿Tú, qué quieres hacer?
+ ¿Qué quiero... hacer?
- Sí. ¿Te gusta ser pegado, sin motivo alguno? ¿Te parece normal el no ir a la escuela, como todos? ¿Crees que es natural vivir como vives? ¿Te gusta?
+ Pero... Mi mundo siempre ha sido así. Ya apenas recuerdo el concepto de "color" de la escuela, y el de "bueno" o "malo". Mi madre siempre me ha tratado así, y el mundo siempre fue así de sombrío. ¿Qué pasa con... Ello?
- Félix... Mira. Ahora... Sólo quiero que sientas.

Erika, que hasta ahora había estado a como dos pasos de mí, adelantó un pie, y me cubrió con sus brazos. Nuestros pechos se tocaron, y sentí cómo apretaba con sus manos mi espalda. Sentí calidez. Un rojo embriagador, como aquel que te invita a quedarte en la ducha, un frío día de invierno. Una luz naranja comenzó a sustituir a la ya desgastada luz blanca, que empezaba a palidecer, y pequeñas luces amarillas comenzaron a revolotear a mi alrededor. Eran luciérnagas. ¿Cómo podrían estar volando en esta lluvia? Bajo mis pies, un verde círculo comenzó a trazarse y a expandirse. Hojas de árboles que antes veía negras, tomaron múltiples tonos de este color. El cielo, celeste, del cual seguían cayendo gotas que ahora compartían el color de mis lágrimas, aunque las nubes hubiesen desaparecido. Mis ojos, y los de Erika brillaron, y ahora pasaron a ser morados. Un morado profundo y misterioso, como el que cubre un misterio. Como ahora, fuésemos portadores de un bello secreto, que debería llegar a expandirse por el mundo.

Erika se apartó. Así que ésto era un "abrazo"...

Cuando volvió a su posición de antes, el pecho comenzó a arderme. Los colores se nublaban otra vez con un negro, que parecía proceder de aquella mancha de mi pecho.

Al mirar, Ésta saltó, y tomó la forma del monstruo que me había estado persiguiendo hasta ahora.

- ¡Félix! Ahora tienes que demostrar que no eres él. Él no es tú, ¡es solo un monstruo!

Sus cabezas me miraban. "Tú, ¿qué haces?" "Recibirás tu castigo cuando llegues" "¿Pero cómo osas?" Más que hablar, parecían acompañar sus enunciados, como si cada cabeza fuese un puño dirigido a mí. No entendía lo que me dijo Erika. Pero de alguna forma sí comprendí que tenía que luchar contra esta cosa.

+ Yo... Ya no quiero. - Miré a mis pies. El verde que poblaba el suelo volvía a ser negro, aunque quedaban grietas por las que podía verlo. Levanté la mirada. Noté como el púrpura volvía a mis ojos... - Pegarme... Está mal. Tú no eres mi madre. Una madre no hace eso... - Erika me cogió de la mano.
- Félix. Bien. Sigue así. Yo creo en ti. Tú puedes. ¡No le dejes hacer lo que quiera!

Comencé a flotar. En mi mano, apareció aquel arco de madera, que tenía dos rosas abiertas en cada extremo y algunos diamantes rosados, que veía en aquella serie de pequeño. Yo creía que entendía esa serie, pero me di cuenta de que no. Ahora ya sí.

+ Yo... Quiero ser feliz. No quiero ser atacado. No quiero ser golpeado. No quiero tener que llorar todas las noches para escapar del dolor que sufro durante el día. No quiero que el color de mis lágrimas vuelva a ser rojo. No. Ya no. Ya tuve suficiente. 

Una flecha se disparó del arco, y ascendió al cielo. Allí, se transformó en un círculo que le devolvió el azul que había perdido, y las gotas de agua, pasaron a estar teñidas de múltiples colores, que tiñeron el mundo de nuevo, aunque para el engendro parecían ser corrosivas, y fueron derritiéndolo hasta que se desvaneció.

+ Erika... Creo que... Lo conseguí. Ya no veo ese triste negro por ninguna parte...
- Félix, cualquier color se puede combinar con otro, para así producir un color mucho más bonito, ¿no?" -Dijo Erika, sonriente. - Ni el negro ni el blanco son desagradables, pero lo que sí es lamentable es la falta de color que puede llegar a haber en tu mirada. Prométeme, que no volverás a negar esta felicidad, que te ha sido concedida desde que naciste.

Asentí, y volvimos a su residencia. Una nueva vida, parecía estar a punto de comenzar para mí.

martes, 25 de marzo de 2014

Félix 3

[Entrada antigua, historia cambiada. Nueva historia -> http://www.wattpad.com/55953904-magouden-f%C3%A9lix-ii ] En caso de que quieras seguir con la antigua, sigue leyendo ^^.

Un día, mientras iba cargado con los kilos de compras de alimentos que mi madre me ordenaba a hacer, y que estaban por encima de mis capacidades, me encontré a Erika, mi antigua profesora, de camino a mi casa.

Afortunadamente, no me la encontré cerca a mi casa, y me invitó a tomar un helado.

Por primera vez, me di cuenta de lo bonita que era la ciudad. Lo único que conocía de ésta, eran las cinco o seis calles que conducían de mi casa a la escuela, y de mi casa al supermercado. Aunque la memoria de la primera también comenzaba a oxidarse, poco a poco.

Volvimos al supermercado, y dejamos las compras en una taquilla, y decidimos pasear hasta la heladería, para ir hablando por el camino.

Para meter las cosas dentro, Erika me ayudó, pero al introducirlo me rozó el brazo que el monstruo usó de saco de boxeo durante unos largos minutos, y grité. Erika solo se extrañó, pero yo caí al suelo del dolor. Sé que parecerá raro que sea capaz de llevar kilos de compra con un brazo que con el más mínimo contacto me causa una pena increíble, pero así era.

Erika me ayudó a levantarme, y comenzamos a andar. Entramos en lo que parecía un domicilio, similar al mío, pero con una brisa mucho más acogedora. Nunca había ido a una heladería, así que desconocía como podrían ser, y entramos.

Tras cerrar la puerta, Erika echó el pestillo, y gritó el nombre de un chico, que apareció en bastante poco tiempo.

- ¡Corre!, coge a Félix y llévalo con Buer.

El muchacho tenía mi edad, y un aspecto muy risueño. Me recordó a mi antiguo yo. Me guió a una sala blanca, y me recostó en una cama. 

+ Quédate aquí. Ahora vendrá alguien que te ayudará.

Apareció un hombre de cabello largo y anaranjado. Sus ojos eran finos, y rojos. Se acercó a mí, y comenzó a tocar mis heridas, de una forma cálida, que hizo que fueran sanando. La sensacion era muy placentera. Tanto, que comencé a llorar. Mis lágrimas, por primera vez, tenían un azul puro. Ya no eran lágrimas rojas, que se podían confundir con sangre, sino lágrimas reales, causadas por una fuerte emoción, y no por un hábito tras sufrir violencia. El hombre me miró, sonrió y desapareció.

Pero en su lugar, apareció aquel monstruo que poblaba todos y cada uno de los rincones de mi casa.

¿Qué, te crees que ahora eres libre?
-Yo... No...
¿Ya eres feliz? ¿Realmente piensas que tus heridas han sanado? Sigues siendo el mismo microbio de siempre. Tu simple existencia me amarga. ¿Por qué sigues viviendo?

Eran las palabras con las que mi madre me había atacado. Se convertían en utensilios materiales, y me golpearon allí donde mis heridas antes estaban. Por cada impacto lloraba, y mis lágrimas volvieron a ser rojas, que caían al suelo y volvían a tornarse trasparentes. 

Estacas, mazas, dagas, martillos, espadas, cuchillas, incluso hachas y látigos me golpeaban, y recuperaban mis marcas. Los estigmas que me unían con el monstruo.

Mi mirada volvió a oscurecerse, y salí por la ventana. La luz de la habitación comenzó a resultarme abrasante. 

¿Qué pasa? ¿Ahora le cogiste cariño a esa profesora? Es igual con todos los alumnos. No eres alguien especial, eres del montón. Bueno, no del montón. Eres otro engendro. Otro como yo. Si no hubieras nacido, tu madre no habría perdido su trabajo. Eres horrendo, y encima eres incapaz de hacerle las compras. ¿Para qué sirves, si es que tienes alguna utilidad?

Caí de rodillas, y comencé a correr. Lejos. No sabía como llegar al supermercado, pero si tardaba mucho más, mi madre me volvería a dar una de esas palizas, que me hacían perder la noción del tiempo con cada golpe. Corrí. Corrí a una velocidad increíble. Mi cuerpo parecía desplomarse, pero, sin saber cómo, tenía que llegar a mi casa.

Tenía que hacerlo. Antes de que fuese más tarde. Si corriendo podía adelantar cinco minutos mi llegada, igual me evitaba uno o dos golpes. 

Pero... En ese momento... Apareció Erika cortándome el paso.

Félix 2

Pero ese breve resumen de lo que pasó aquel día es insuficiente, ¿no?
Nací en el seno de una adinerada familia. Tanto mi padre como mi madre ganaban bastante más que cualquier otra persona en esta ciudad, y teníamos una casa amplia y luminosa. Por ello, mis padres decidieron otorgarme este nombre, Félix, "el se considera feliz y afortunado". Pues pensaron que ese sería mi destino...
Mis padres trabajaban de directores de empresa, por lo que no venían apenas a casa, a no ser que viniesen acompañados de archivadores repletos de impresos incomprensibles, que cada uno contenía avariciosos proyectos, de los que dependían el sueldo de muchos.
Pero mis padres tampoco iban a dejar solo a un crío de apenas unas semanas, y por ello, mi madre se pidió una baja temporal, para cuidarme, y colocó a una empresaria bastante prometedora en el cargo de directriz temporal. Ana llevaba bastante tiempo trabajando, y todo y cada una de sus ideas eran puras menas repletas de minerales preciosos, por lo que mi madre fue entablando una fuerte amistad con ella, y decidió confiar en ella para este alto cargo.
¿Cual fue la sorpresa? Cuando llegó al cargo, los pilares que llegaban hasta el techo, pasaron de ser de papeles, a ser de billetes. Su nuevo lugar de trabajo era tan amplio, que incluso daría envidia a algún acomodado hombre. Tanto era así, que escuché que apenas salía. 
Pero el tiempo pasó, y el mundo idílico donde los billetes florecían por las esquinas de la empresa debían llegar algún día a su fin. Cuando mi madre volvió a su puesto, las caras que se encontraba en su oficina, ya no eran las mismas. Esas amables caras que respetaban la figura de mi madre como directiz, que siempre le devolvían su saludo, desaparecieron. Ahora tornaron a susurros, aunque mi madre hablase para todos sus empleados, ya apenas dos o tres le escuchaban, mientras una mitad de los que cuchicheaban sobre "la pobre Ana", y la otra se mofaba de ella sin ningún reparo. Poco a poco la magia de Ana se desvaneció, y el balance entre billetes y papeles se recuperó, pero efectivamente esto no era de agrado para todo el mundo. 
Entonces, un día cualquiera. No había ninguna señal de que tuviese que ser ese día, aquel día parecía completamente ordinario. No había ninguna forma de esperárselo, ninguna señal, ninguna noticia, ni tan siquiera una premonición ni un mal augurio. Al llegar mi madre a las puertas del trabajo, se encontró con todos aquellos empleados, partidarios de Ana, aglomerados ante la puerta. Con pancartas del estilo de: "Queremos una directriz, no una perdiz" o "no a la corrupción, sí a la negociación" Vió mi madre cómo crecía una muralla más infranqueable que la mismísima Muralla China frente a las puertas de su amado trabajo, y decidió no volver a aparecer cerca de aquel lugar.
Gracias a esto, mi madre pasó más tiempo conmigo. Pero ella no era feliz... Su empresa, tras unos meses, cayó en picado. Ana se embolsó todo el dinero. Se dice que convirtió el dinero en lingotes de oro, y solo guardó lo necesario para una vida cómoda, dejando el resto para usarlo como si fuesen piezas de construcción, y hacer una fortaleza en su salón, que se veía, y se sigue viendo al pasar por la calle, como si fuese una encarnación de todos los sueños, ilusiones y duro trabajo que habían empleado todos, para que una simple mujer consiguiese engañarles, hacerse con todo ello, y destrozarlo.
Por ello, mi madre era la presa de una multitud furiosa. Trabajadores sin dinero, prensa entrometida, e incluso algunos viandantes que escucharon las habladurías de estos, y decidieron unirse a su furioso rebaño. Todos lo sabían. Ella no había sido más que una víctima, pero "alguien tendrá la culpa, ¿no?" - Decían. No solo destierran a mi madre del castillo que construyó ladrillo a ladrillo, sin ayuda alguna, sino que además le culpan del destierro. Hay que admitir, que aquella malvada Ana planeó todo al dedillo, sin una sola falla.
Poco a poco, mi hogar dejó de ser éste, para ser la morada de un oscuro engendro. Éste, tenía mil cabezas, las cuales todas hablaban a la vez, quejándose incesantemente. Sus brazos y piernas no eran ni uno, ni mil, sino ambos conceptos a la vez, y su cuerpo parecía diminuto, en comparación a estas extrañas extremidades. Su cuerpo parecía absorber la luz del sol, y sólo reflejaba una luz podrida, que fue infestando poco a poco mi hogar. El cristal dejó de ser transparente, la vajilla pasó a ser de un gris apagado, que por mucho que fuese lavado seguía del mismo tono. A veces, si dejabas la comida más de un cuarto de hora, pasaba a teñirse de éste color, y parecía tierra húmeda al gusto.
El monstruo aparecía siempre que me quedaba solo, recordándome en lo que se había convertido mi madre. Una mujer inapetente, desanimada. Cuya vida se limitaba a no querer comer, y dormir. Poco a poco, este estado de ánimo comenzó a tintarse de una roja furia hacia Ana, que pagaba con mi padre. Comenzó con gritos, que pasaron a ser algunos golpes, que al principio tenían freno, pero éste fue seccionándose, hasta desaparecer.
Todo esto pasó mientras que yo tenía cinco años. Era un pequeño muy sonriente cuando estaba fuera, pero cuando estaba en casa tenía que sobrevivir al monstruo, que poco a poco fue haciéndose uno con mi madre. A veces pensaba que Ana era en realidad otro engendro similar al que se hospedaba en casa, nunca habría pensado que no era más que otra persona, como todos nosotros.
Mi padre fue dejando de venir a casa. "No era de extrañar", pensaba yo con siete años. Con tan solo poner un pie dentro de la casa, el monstruo, ya capaz de aparecer ante él, surgía de cualquier recoveco de la casa para bramarle y agredirle, sin causa alguna. El simple hecho de salir a por comida podía convertirse perfectamente en una excusa para dos o tres puñetazos. "¿Por qué me dejas sola?" "¿Es en esto en lo que nos hemos convertido?"
Poco a poco, el efecto del deforme fue haciendo mella en mi padre, que cada vez venía menos a casa. A veces salía a dar una vuelta con sus amigos, y no volvía hasta después de dos o tres días. La última vez que vino, creo, tardó tres meses en venir, y era para hacerse con todo lo que pudiese de su armario cuando el monstruo estaba despistado, para salir corriendo nuevamente, hacia una nueva vida, dejándome solo ante el peligro. Aunque bueno, después de tres meses, realmente ni esperaba que viniese, ya me había hecho la idea. Al salir él me vió, y rápidamente salieron lágrimas de sus ojos, y con un "lo siento" cerró una puerta por la que nunca volvería a entrar.
Erika era profesora de mi colegio. Era bastante pequeño, y sólo había una clase por cada curso, por ello. Ella también era la profesora de preescolar, y era muy querida en nuestra clase, siempre fue muy cálida y amable con todos sus alumnos. Pero para mí, era una persona muy especial, yo le contaba mi situación familiar, y siempre intentaba animarme. Realmente  no sé si me creía del todo. Igual sólo me escuchaba sin escucharme, y asentía para tranquilizarme. O igual si que confiaba en la verdad de lo que le contaba.
Al deforme monstruo eso no le hacía mucha gracia, y después de ir dos años al colegio, y conseguir tener confianza con Erika como para llamarle "amiga", me privó de, incluso, ese rato de felicidad, y dejé de asistir a la escuela... Rompió como cuatro o cinco veces el despertador para que no llegase a tiempo, y de vez en cuando esperaba en la puerta de entrada para evitar mi salida. Cuando ya este hábito era diario, pude esquivarle durante dos o tres meses saliendo por la ventana, pero al darse cuenta, también esta abertura fue sellada.
Aun así, si bien le contaba sobre este monstruo, nunca le contaba el porqué de su existencia. Nunca llegué a mencionar a mi familia con Erika. Y cada vez la duda era más grande. "¿Me verá solamente como un niño que tiene pesadillas a diario?" "¿Creerá que no soy más que un pequeño malcriado que no recibe suficiente dosis de televisión por las mañanas?" 
El no contar nada acerca de mi familia no era a motu propio, era prohibición materna. Nadie debía saber qué pasaba desde la puerta hacia dentro, y mientras tanto, de puerta hacia fuera, ella seguiría siendo la deslumbrante directriz que siempre fue, consiguiendo dar una imagen de mujer ideal a todos, menos a aquellos relacionados con su empresa. Claro está, que como hijo suyo, yo también debía parecer un hijo ejemplar, cubriendo con un velo precioso la horrible situación familiar que en realidad teníamos. A veces, ese velo sufría algún rasguño debido a algún fallo en nuestra actuación, y pocos eran los que a través de ese agujero podían vislumbrar la oscuridad que emanaba de nuestro hogar. Aún así, mi madre era experta en zurcirlos, y conseguir evitar que los curiosos, o los más espabilados, llegasen a provocar algún cambio en nuestro día a día.
Puesto que mi padre no estaba, poco a poco, me convertí en el saco de arena de mi madre. Me golpeaba con todo aquello que cayese en su mano. Los platos podían convertirse en discos voladores que en lugar de ser cogidos por un perro se enfrentaban en enjambre a mi pecho, espalda y piernas. Sólo me pegaba en partes poco visibles. Tanto era así, que mi cuerpo tendría, en total, más superficie amoratada que sana, y mis huesos parecían crujir al andar de las incontables fracturas que debían tener. Intentaba no acercarme a nadie, pues el simple roce con mi piel me llegaba a causar dolor punzante, y pánico: "¿Ellos también me harían daño?" Y esto fue haciendo de mí un ser incapaz de valerse por sí mismo. Era analfabeto, pues dejé de ir a la escuela. Sólo sabía leer, y mi escritura no alcanzaba a poco más que garabatos dificilmente descifrables.
Básicamente estaba roto por dentro. Mi alma tenía tantas grietas y heridas como tenía mi cuerpo, pero, al igual que todos estos daños, nadie era capaz de verlos. Todos veían en mí el niño prodigio, nacido en una familia próspera. Nacido en una familia en la que todos querrían haber nacido. Nunca sabrían lo mucho que se equivocaban. Ésto no era para nada el Valhalla de unos pocos afortunados, sino el Tártaro, que aunque creado para los malhechores, cogió una víctima aleatoria sin culpa alguna, y se daba diariamente un festín con ella.
La gente ni se paraba a preguntarse por qué no iba a la escuela, o qué hacía mi madre como trabajo. No. Eso era demasiado agotador para ellos. Lo mejor era aceptar que teníamos una buena vida, y regañar a aquellos que hiciesen preguntas arriesgadas sobre mi bienestar, pues ponían en duda la identidad de mi ilustre madre. Era la vía más fácil, y cómoda. Aquellos dos o tres curiosos que de vez en cuando surgían, se veían desanimados cuando se encontraban con el resto de la gente, y finalmente, la sociedad, completamente homogénea, cesó en sus intentos de rescate.
Mi vida...  Era horrible.

martes, 18 de marzo de 2014

Félix.

Yo... Yo nunca he sido, ni seré como Aura. Yo estaba consumido por la triste realidad...Yo era uno más de esos chicos.

Las pinzas de este desalentador mundo pescaron mi alma, y se dieron un festín con ella. Fueron arrancando, granito a granito, toda esperanza que pudiese tener, y toda felicidad que en mí se pudiese hallar.

No, no era así.

Realmente me demostraron que toda esperanza era una ilusión. Rebajaron mi fe, a un simple engaño. Recién nacido, era un increíble individuo, capaz de sonreír en cualquier momento, incluso podía hacer a la gente feliz con movimientos aleatorios, que ni tan siquiera estudiaba.

Pero no... Poco a poco, esos dulces brotes de seguridad, de certeza de un futuro feliz, fueron siendo recogidos prematuramente, y desechados, pues al parecer, ni servían para abono, aunque ni siquiera hicieron el intento de buscarles y proporcionarles un nuevo uso...

Mi espíritu, mi esencia, de un blanco perfecto y luminoso, comenzó a ser profanada por otras muchas emociones. Envidia, tristeza, desconfianza, inutilidad, cobardía... Ninguna de estas emociones nacieron junto a mí, pero todas fueron infundidas, como si de conocimientos básicos se tratasen. Yo vine a este mundo feliz, y lo único que me dijeron al llegar, fue que tal realidad sólo existía dentro del vientre, y que tras él, el único sol que iluminaría mis días sería oscuro y triste.

Aún así... Yo... Ya no soy así.

No. Nunca más. Jamás. Lo juro, con certeza.

Erika... Me demostró que nada es así. Me enseñó que en su hogar, aún queda color. Aún hay esperanza, aún hay ilusión, aún hay... humanidad.

Erika me recogió un día lluvioso, como casi todos en este lugar... Yo estaba llorando, derramando lágrimas azules cuyo color se evaporaba, como si el aire estuviese al rojo vivo. La gota, cuya única diferencia con el resto de gotas que caían del cielo, tenía su origen en mi ojo, pero cayó, y se mezcló con el resto de sus hermanas, en uno de los muchos charcos que se habían formado en el asfalto.

Si Erika no me hubiese acogido aquel día, seguramente yo ya habría dejado de ser quien soy, sin apenas punto de retorno. ¿Por qué lloraba? La verdad, no tengo ni idea. Pero sé que desde que mis ojos se abrían al levantarse el sol, hasta que luchaban por cerrarse al ponerse, eran escasos los momentos en los que no estuviesen húmedos...

Aquí, conocí a Aura. Esta vivienda era como un fuerte para los que aún creíamos, en un futuro brillante y alegre. Bueno, realmente no "era como", sino era, y sigue siendo, la última línea de defensa, para todos los que creemos que los términos "fantasía", y "realidad" no son antónimos.

"¿Y tú... En qué crees?"

Esas fueron las palabras que me dijo Erika aquel día, y con las que algún día, me gustaría ayudar a alguien, de la misma manera que lo hizo ella, conmigo...

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