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sábado, 11 de octubre de 2014

Juntos// Historia corta

Un día más, me escondía bajo su cama.

Era hora de apagar luces, y los estudiantes debían estar en fila frente a sus respectivas puertas. Él, junto a su compañero de habitación, estaban fuera, siendo el único en el interior del cuarto, y seguramente en el interior de algún dormitorio de esta quinta planta.

El terreno que rodeaba al edificio era pantanoso y su aroma no era precisamente agradable, Sobre él, se erguían centenas de sauces llorones, y no parecía haber rastro de vida alguna en semejante yermo, menos en el recinto cercado por colosales y férreos arbustos, con espinas y púas en tamaño similar a los férreos barrotes que sellaban nuestra libertad.

El edificio tenía una planta rectangular, y estaba dividido en 7 plantas visibles y accesibles, aunque todos conocíamos los rumores de la octava planta y los numerosos sótanos que se extendían mucho más allá de la valla, y por donde creíamos llegaban la comida y demás objetos necesarios para vivir.

Éstos rumores tampoco estaban tan lejos de la realidad; en todo el tiempo que llevamos aquí, ningún alumno ha visto jamás aquel gigante abierto, ni una sola hendidura. Los árboles de más allá también eran especulación, pues ni un rayo de luz podía penetrar en la enorme fortaleza que abrazaba nuestro hogar, pero en las historias orales que iban de boca en boca su existencia era dogmática.

Como alumno de segunda planta, el que yo estuviese tan siquiera en la planta superior era una violación muy grave; ya había pasado nuestro supervisor y tras comprobar que todos teníamos nuestros pijamas encima, y el indicador de Somvium estaba perfecto, nos dejó con la cotidiana advertencia de no abandonar nuestra cama hasta el próximo amanecer.

Pero... Siendo el primero en escribir este libro, ¿cómo iba a quedarme quieto en mi cuarto?

De todas formas, tampoco seria capaz de no ir... junto a él. Da igual el castigo, incluso si se tratase de mi propia conclusión, nada era peor que olvidarme de él...

El somvium, consistía en éso. Al descansar individualmente en cada uno de estos colchones, sus muelles taladraban tu cuerpo y serpenteaban tu alma, tu ser, para "formatearte" una noche más... Por ello, cada día, debía volver a presentarme a Eirene, a los profesores y a cualquier persona actuando muy meticulosamente, para así evitar mi conclusión. Eirene era un chico demasiado amable, y aunque su sonrisa al despertar fuese siempre la misma, su delicada y aprisionada inocencia era algo que ni el somvium podia destrozar... Ojalá pueda salvarle algún día...

Quince minutos después de que hubiesen salido, el inspector terminó la ronda, y con extrema diligencia, los alumnos bramaron un amén, y cerraron las puertas todos a la vez, una vez dentro.

-¿Ya está? ¿Pued... Mhph!
-¡Shhh!

Se escucharon pasos en el pasillo, que se dirigían sin duda alguna a ésta habitación.

Y la puerta se abrió de par en par.

¡Ya sé que estáis tramando algo, niñatos! ¡Más os vale que no me entere! - "Dulces" palabras del Corregidor. Era la... ¿Tri-centésima vez? ...Más o menos. Las mismas palabras. El mismo tono, potencia y vigor. Efecto del Somvium, o simple norma de disciplina, casi todos los días venía a enunciar la misma frase, y después se iba.

Sólo cuando su andar se esfumó en la lejanía del pasillo fue cuando:

+¡Idiota! ¡Casi nos pillan!

Golpetazo en la cabeza y pequeña bronca de un minuto; ¿Cuántas veces habrán sido ya? Después venía un abrazo y el... ¿Dormimos, pues?, característico de todas las noches. A diferencia del Corregidor, su voz era acogedora, y el negarse a cualquier petición suya era casi imposible.

Al fin y al cabo, la Sinapsis sólo tenía lugar con dos personas. Dormir en los colchones era un suicidio anímico, y aunque frío, el suelo, acompañado por otra persona era infinitamente más acogedor. Bajo el colchón donde me estaba escondiendo unos minutos atrás, ahora me encontraba con él, ambos estrechándonos mutuamente para poder convertirnos en aquel ser platónico esférico, tan poderoso para infundir temor a cualquier poder.

domingo, 5 de octubre de 2014

¿Y qué si...?

El escriba sentado mide 500 cm.
Temblor.
Soportando aquel otoñal cielo parisino, suelo oculto bajo hojas caducas, árboles sin decoros, del mismo color, con predominio del marrón y azul como pigmentos principales, se dibujaba este lienzo.
Frente al obelisco, en el cruce justo anterior a la Plaza de la Concordia, final de la Avenida de los Campos Elíseos, se alzaba una nueva figura. Inmensa. Rostro firme, cuerpo erguido, el hieratismo personificado emergía hacia la bóveda celeste, con ojos que parecían observar fijamente al Divino.
Tras el obelisco, los árboles seguían erguidos... Pero al terminar su verdor, la escultura surgía burlona, mofándose de tan pequeños eran los humanos, pese a ser la representación de uno de ellos.
Retratando el idioma antiguo, en su regazo se encontraba un papiro, sobre el que descansaban los escombros del contemporáneo museo de arte, que a duras penas se distinguía por su moderna pirámide, sin un solo cristal intacto.
La gente contemplaba la nueva historia, horrorizada. ¿Y todo ésto... Sólo un crío? Helicópteros surgían como abejas defensoras de su miel, prestos a capturar y publicar todo detalle posible de aquel monumento, más monumental que nunca.
Nuevamente, bajo aquel cielo otoñal, nubes de medios de comunicación, a la par de servicios de emergencias acudían al rescate, o a la fabulosa noticia viral. "¡Con ésto tendremos telediarios para cinco días!" Aclamaron los codiciosos líderes de las principales cadenas parisinas, sin recapacitar en el patrimonio perdido, y las incontables almas artísticas que acudirán prematuramente al Valhalla - Algunas de ellas, sus más queridos hijos, hijas, o incluso nietos y nietas.
Pero toda masacre tiene su fin, y la altura de dicha figura sedente volvió a ser una centésima del monstruo en el que se convirtió. El Sena, ahora un puente acuático, sin pilas ni apoyos, descansó, vencido como la serpiente marina derrotada por la heroicidad. Heroicidad, que también reemergió los edificios escombrados, los jardines desgarrados, con más raíces asomantes que árboles existentes, y que devolvió la forma a las figurillas vivientes arrastradas en el accidente.
Pues con poco más que una carcajada, imitada por el resto de alumnos, el profesor anunció: "¿Pero cómo va a ser éso metros, chiquillo?" Y el alumno captó su error, efectivamente, en sus notas había retenido de manera equivocada una simple medida. 
Las clases continuaron normales, con el mismo profesor y su acelerado ritmo, que traería numerosas catástrofes al mundo. Catástrofes que serán captadas por mí, el Ilusionista Pintor, que de pequeños errores de tanto jóvenes como adultos desconocedores de éstos, projectaré eternamente, innumerables universos con la misma precisión que el celuloide, sobre mi blanco lienzo, el cual una vez tenga color, será archivado eternamente en la Biblioteca de los Universos.


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lunes, 29 de septiembre de 2014

"¿Continue?"

¡Podéis leer esta entrada tanto en Blogger como en Wattpad! http://www.wattpad.com/73442924-miscel%C3%A1neo-%C2%BFcontinue?d=ud ¡Gracias por leer, y ya no os doy más la lata!

¡Jajajá! - Rió, casi de forma calculada. En efecto, no era la primera vez que así reía, ni sería la última. 
Mi entorno era completamente negro, aunque parecía carecer de algo que desconocía, y jamás aprendería. El bufón me miró, aventajado, con una sonrisa burlona que le recorría del centro de una mejilla a otra, y sólo mostrándose la cara. 
Un segundo pasó, de reloj, y continuó: ¿Y bien? ¿Quieres continuar? 
Fin del juego - Seleccioné.
¡Jajajá! - Nuevamente. ¡No es tan fácil, joven! Cuerpo no tienes, real no eres, ¿qué harás si realmente se apaga todo? ¿Nada? ¡Exacto! ¡Jajajá!
Por éllo, no podemos dejar que todo se acabe... ¿No?
Seguir jugando - Nuevamente, fue la elección final.
...¿Por qué?
El mundo comenzaba, otra vez, no siendo blanco, o negro, ni nada. Era exactamente éso; nada. La inexistencia de la que tanto me advertía el bufón, que no era bufón, sino una cara pálida simplificada, con una característica sonrisa burlona omnipresente.
Lo primero que podías percibir era caos. Locura. Sin sentido. Una existencia errónea y correcta, ininteligible, la cual parecía separarse por mitosis creando opuestos complétamente antónimos. Con una frontera se creó la tierra, el cielo, y con sus reacciones se creó el resto del universo, todo tras el cuadro Cargando, enmarcado de caos.
Cuando ya me pude mover, intenté salir del repetitivo Pueblo Inire, donde, aunque parecía haber vivido toda mi vida, nadie me reconocía. Todos repetían las mismas dos o tres frases, de manera completamente ordenada, al verme.
Una vez llegué a pensar en si tenía casa, y entonces el caos apareció en una esquina, y desde entonces tengo vivienda en este asentamiento. Aún con eso, nadie parecía conocer a su colindante. 
Hubo una vez que incluso la familia contigua vino a regañarme, pues no paraba de golpear la pared en un intento de morir, pese al molesto ruido que hacía la pared invisible que me lo impedía. Una vez abrí la puerta, sin un solo rasguño, el padre de familia fue el primero en habl... Intentar hablar. 
Los pequeños me escaneaban casi harmoniosamente. Cabeza, pelo, frente, cejas, ojos, retina, iris, pupila, iris nuevamente, pero en perfecta sincronía. La madre completó el proceso más rápido, y se apresuró a cubrirles los ojos con sus manos, suaves y perfectas. Parecían existir dos tipos de manos, según género del personaje. El padre poseía unas manos más robustas y anchas, mientras que el antebrazo de su mujer desembocaba en extremos más finos y delgados. Aún así, ambos tipos de manos poseían una belleza perfecta, ...programada. Y los genes parecían ser tan fuertes, que incluso aquellas de sus descendientes eran exactamente iguales. Calcadas, a menor escala.
El padre se dió cuenta de lo que pasaba. Mis facciones... No encajaban ni en las suyas, ni en las de su mujer. Asustado, fue a buscar a todos los vecinos, a los que reunió en el tiempo que toma a un café hacerse, y volvieron a llamar, nuevamente.
Mi presunción de las manos era bastante acertada, aunque sí podían apreciarse tres tipos. Ni uno más, ni uno menos. Del de los hombres, uno tenía pelo hasta el fin de la muñeca, donde desaparecía gradualmente, en otros, llegaba hasta el fin de los metacarpios, donde volvía a desaparecer, y en otros desaparecía únicamente en las articulaciones.
En las mujeres, éste último tipo no existía, y era sustituído por otro en el que no poseía pelo en parte alguna del brazo, completamente desnudo e imberbe.
Dicho patrón se repetía en las piernas, igualmente. En todos... Menos en mí. 
Lo mismo sucedía con el pelo: melena, corto o hasta los hombros. No existían otros, en cambio, mi pelo era desigual, escalonado, y lo peor: trenzado. Si bien los dos mechones izquierdo y derecho que flotaban frente a mi oreja no eran suficiente, la trenza era algo que aún les escandalizaba más. 
Pero las tijeras no existían. Ni la profesión del "sastre": ¿Quién hacía la ropa? ¿Cómo llegaba hasta aquí? A nadie le importaba; ¿Cómo le crecía el pelo a alguien? Y todos respondían lo mismo. Exactamente lo mismo. La mismas letras, en el mismo orden con los mismos espacios.
Intenté salir de aquella reunión, pero el muro invisible me indicaba que mi misión no estaba finalizada.
En diez minutos pasó una hora entera, aunque nadie pareció darse cuenta de la extremada fugacidad del día. En el centro de los bancos circulares nació una hoguera con troncos que siempre estaban ahí, y nunca parecían quemarse, que alumbraban los geminados rostros de las personas. Conté: cinco tipos de ojos, dos formas de boca, cada una con dos tonos diferentes, la misma nariz siempre, al igual que las orejas, y una variedad de teces que no se atrevía a pasar del dorado.
Intenté hablar con todos los adultos, pero nada funcionaba. Todo bajo la mirada de un chico solitario, cuyo pelo y rostro no era alumbrado por el fuego.
Vueltas y vueltas di, más vueltas que la luna da a su maestra en un centenario. Nada conseguí. Se hacía tarde, pero ellos seguían; no hablaban, sino solo gesticulaban, con voces desprovistas de voz, y cuerdas vocales que solo encendían para negarme respuestas.
Entonces aquel joven me miró, solitario. Quería preguntar, quería hablar, más su voz no le dejaba decir otra cosa que lo mismo. "Me da igual" - Dijo tres veces, articulando sus labios y garganta de forma completamente equívoca a lo que decía. Y lloró. Lloraba y lloraba. Más jamás lo diría. No en aquel momento, ni entre aquellas paredes transparentes, invisibles, de las que se dio cuenta igualmente.
Me di la vuelta, a ver si encontraba alguna otra información, pero me agarró. Todo de forma figurativa. Jamás podía tocar alguien otro cuerpo, pues así era éste mundo, y la perniciosa pared transparente, intalgible, pero infranqueable. Aunque dos cuerpos no disten más que un respiro, jamás podrán tocarse, como si fuese pecado prohibido.
Por ello, el agarre fue algo "interior" una sensación que por primera vez traspasaba aquella vil frontera, que se reía de toda libertad y cercanía, y, pudo pronunciar algo nuevo, por primera vez, aunque de sentido similar.
"No sirve de nada
Frase en sentido similar, pero intención completamente opuesta. Me advertía del Baddenn que se aproximaba. Ya había asistido dos veces a esta reunión frente al omnipresente fuego, y si bien la primera vez pasé una semana interminable, hasta que caí en la salida, en la segunda me lancé directo a ella, y en la tercera, nuevamente, hacia el fuego salté.
Lo único que me preocupaba fue aquel chico, que también saltó detrás mía, pero puesto que perdí antes de su llegada al fuego, sólo vi cómo sus brazos se extendían en un futil intento de alcanzarme antes de desaparecer.
...Y nuevamente me lancé a ese sempiterno final.

viernes, 29 de agosto de 2014

Anteiku // Historia corta

Ésta vez me llamaron de otro país, por lo que tuve que hacer maletas y todo.

Anteiku, con letras tan estilizadas que parecían repeler a las personas comunes. Sólo el título, lograba dar un ambiente selecto a aquellos clientes... Y tan selectos.

Al llegar, le hablé a mi nueva compañera de piso, Marisa, y afirmaba conocerlo. De hecho, por razones del destino, llegamos a acudir aquella noche. Aunque... No recuerdo nada. Sí recuerdo salir del hotel... Y pasear por las calles del centro de Londres. Hacía mucho frío, y los restaurantes y tiendas ya habían cerrado desde hace rato, ¡incluso los de comida rápida! Las farolas funcionaban una sí y otra no; Londres parecía estar entrando en un profundo sueño, al igual que todos sus ciudadanos.

Miré la hora, y... ¡Bah! El segundero se había parado, por tercera vez en este mes. Debería replantearme el buscar otro... Y cuando levanté la cabeza... ¡Anteiku!... ¿Pero cómo habíamos llegado ya?

El restaurante en cuestión se situaba en un callejón sin salida, al que no alcanzaba la luz de las pocas farolas que quedasen en vilo. unos 5 metros antes del muro que sellaba el callejón, estaba la entrada. Ese cartel, de fondo rojo y letras negras que apenas era visible gracias a un pequeño farolillo a la derecha de la entrada. El pomo se abrió con facilidad... Y...

...

La mañana siguiente llegó, y me acerqué a entregar la solicitud de empleo, aunque... No fue para nada necesaria.

Una especie de mayordomo me abrió la puerta; con cuerpo de cuarenta años pero rostro surcado de pronunciadas arrugas y pelo corto grisáceo, hizo un gesto que dejaría a cualquier príncipe en evidencia por elegancia, para dejarme pasar.

No era el único en la sala. Estaba muy oscuro para ver nada, y parecía ser el inicio de una evento, o algo parecido. Nos indicaron el camino hacia la sala... ¿Un tunel? Ni que fuésemos niños de... ¡Eh! ¡Eh! - Intentaba avisar a un hombre de que ni en broma cabría por aquel tunel, pero... Sí. Lo hizo. Tras él, entraron dos gemelas, otros dos hombres, una chica más, y... Mi turno. Miré inseguro al señor que nos abrió, que me devolvió una mirada terrorífica; Por primera vez abrió los ojos, su córnea era más negra que la más profunda fosa, su iris parecía un disco de pura sangre solidificada, y la curvatura de sus cejas me gritaron que no era una buena elección quedarme ahí. Así que puse mis manos en el endiablado tunel, y me introduje por donde cupe.

En el momento en el que hube metido los pies, escuché una risa sutil, de satisfacción. Bueno, lo importante ahora era salir de aquí como fuere.

El tunel, efectivamente, no podía ser más estrecho. El aire estaba cargado, y costaba respirar, además, el tacto de las paredes era mullido, pues una fila de cojines marcaba el lugar donde debíamos situar las manos.

Habían varias fases, de diversos colores a su vez, aunque todo dotado de un último toque "punk". El primer tramo fue oscuro, con varios crucifijos colocados de manera uniforme, plumas de cuervo y encajes. Los encajes era lo único que se mantenía en las fases, al igual que los espejos, aunque éstos cambiaban de forma, al igual que los encajes de color: Blanco, rosa, rojo, y negro. A veces incluso a cuadros, combinando dos o tres de éstos colores. Los crucifijos podían cambiarse tanto por gorditos crucifijos, muñecos sin pelo, con una piel estampada, como por macabros ojos que parecían gotear humor vítreo, o máscaras y todo tipo de cosas.

La combinación le daba a todo un toque fatal a todo. Ningún elemento era especialmente aterrador, pero la combinación de todo ello era horrenda. Los ojos no eran humanos, sino de peluches, que parecían llorar por su ceguera, y...

¿Qué? Ahora debía ir hacia arriba, apoyando mis manos en espejos tan manoseados que parecían azulejos.

El espacio que quedaba entre el chico que estaba enfrente mía era tan corto que si no tenía cuidado acabaría chocándome con su entrepierna, y seguramente no le haría gracia.

Un momento... Quien entró delante mía... ¿No era una chica?

No, no. Al menos quien estaba ahora era inconfundiblemente un chico. Pero... ¿Cómo?

Estuvimos subiendo durante horas, no sé cómo aguantaron mis brazos. Tampoco entendí cómo pudimos aguantar todos, antes de subir habría apostado mi mano a que alguien se rendía y caíamos todos.

Finalmente... La salida. Una sala de moqueta roja, iluminada por doradas lámparas de araña, donde esperaban unos pies... Eran... ¿Los del mayordomo?

Me enseñó las llaves que llevaba yo tenía en  bolsillo, y cómo podría haber llegado por un ascensor hasta aquí, tardando no más de 10 segundos. Yo... ¿Trabajo aqui? ¿Desde cuando? Y... ¿Dónde estoy?

Por la ventana, aquel Londres había desaparecido. Estaba en la octava planta, según el cartel encima del ascensor, Y sólo veía un descampado de infinitos sauces llorones, cortado por una enorme muralla puntiaguda...

lunes, 25 de agosto de 2014

El por qué de las historias cortas.

No estoy loco. Y no, tampoco me he quedado con ideas, de hecho, el exceso de ellas es la causa detrás de estos posts.

Las historias cortas son aventuras, cuentos, fantasías, que se me van ocurriendo a lo largo del día, así, sin más, y me las apunto para escribirlas cuando dispongo de tiempo. Estas historias, de momento, no tienen relación con las otras historias principales. De momento. Eventualmente, las iré entrelazando para dar una trama más densa a Magouden, Insoma, y cualquier otra historia que pueda incluso surgir de una historia corta. 

En estos momentos acabo de empezar una y tengo otra en borrador (perdón por escribir tan poco estos días, estuve de vacaciones, viajes, y tal) y espero terminarla para mañana. Tengo otras dos más apuntadas, así que no hay problema por quedarme corto de ideas.

¡Por cierto! Como ya os he dicho (creo) este blog no es más que un borrador, por ello las historias pueden quedar confusas y tal. Donde está todo ordenadito es en mi cuenta en Wattpad (http://wattpad.com/HachijoRei) a la que os agradecería mucho que echáseis un vistazo.

Si os gustan Magouden o Insoma, u os parecen interesantes las historias cortas, no dejéis de echarle un vistazo al blog de cuando en cuando, para ver de qué endiablada manera entrelazo todo 〜( ̄▽ ̄〜).

¡Hasta ahora!