Pero eventualmente, el día siguiente llegó. Las noches no son nunca eternas, ¿no? El despertador sonó, pero esta vez no habló. Qué lástima, en alguna parte de mí me agradaba que se disculpase por su estridente sonido.
Hoy fue un día muy calmado, hasta las ocho y veinticinco no pasó nada. Fue demasiado extraño, aún recuerdo el día en el que al desayunar, después de coger la taza y haberla rellenado de leche, al disponerme a arrojar los cereales en su seno, los cereales que salieron eran completamente blancos. No eran esos dulces cereales de chocolate con leche sólidos, con una fina capa de crema de avellanas a los que estaba acostumbrado. No. Eran blancos, completamente blancos y relucientes. Parecía mármol digno de formar templos griegos. Al tacto, eran completamente lisos y perfectos... Justo como mi tazón de cereales...
... Pero... ¿Qué?
Pues sí, habían cambiado completamente de materia. La forma seguía estando igual, pero mi querido y preciado tazón de leche blanco puro, sin impureza alguna, había sido cambiado por un delicioso tazón de leche hecho de cereal de chocolate.
Desayunar ese día fue muy difícil, me daba pena comerme aquel tazón que llevaba en mi vida como 5 años, y aún seguía vivo. Era un tazón especial, no sé, siempre lo fue. Espero que no empiece a hablar algún día como el despertador...
Cerré la puerta con llave, y llamé al ascensor. Eran justo y veinticinco, ni un solo minuto más tarde, por lo que si me daba prisa podría llegar andando rápido al instituto, sin necesidad de esa brutal carrera.
Pero nada, que no llegaba. Pasaron dos minutos, que fueron como dos completas horas, y no llegaba. Entonces escuché un rumor, muy suave. Parecía venir de la planta baja.
"Eres el único que puede hacerlo." "No hay nada ni nadie que pueda ayudarte."
Ahora el ascensor también habla, ¡estupendo! Y yo voy a llegar tarde a clase, a este paso. Decidí bajar por las escaleras rápido, y reanudar mi carrera diaria. Las escaleras las bajaba de dos en dos, siempre, así podría bajar los diez pisos que había desde mi apartamento hasta la calle. Lo único en que pensaba era que ojalá a la vuelta el ascensor tenga piedad, y no me obligue a subir de nuevo todo este camino.
Fui bajando los pisos, y cada vez, la placa que indicaba el piso en el que estabas fue enturbiándose. Décimo, noveno, ...Octavo, ...¿Séptimo?, Entonces este es el... ¿Sexto? A partir del quinto, era imposible diferenciar letra de fondo. No porque se hubiesen mezclado, como cuando viertes un colorante en agua, dando lugar a un color homogéneo. No. El color de las letras y de la placa era completamente diferenciable, pero las grafías eran completamente ininteligibles. Era español, mi idioma, no hay duda en ello, ninguna, pero mientras que cada una de las letras se podía distinguir y diferenciar de las otras dos que tenía al lado, e incluso podías identificar cada letra individualmente, pero al intentar leer el letrero entero no tenía sentido. Y, si llegaba a darte tiempo a volver a identificar cada letra una por una, las letras ya no eran las mismas.
Miré mi reloj de pulsera, pero las agujas de mi reloj digital no paraban de dar vueltas. La que marcaba las horas, iba a muchas más vueltas por minuto que la de los minutos, y la de los segundos apenas parecía moverse entre peldaño y peldaño.
Y sí, mi reloj es ciertamente digital. No me he equivocado a referirme a que tenía agujas. Nunca había tenido agujas, aunque estas encajaban perfectamente con el diseño del reloj. Poco a poco, mi entorno empezó a cambiar. Con cada piso que bajaba, la luz se atenuaba, y los vestíbulos que quedaban al bajar unas escaleras, para girar y seguir bajando otras paralelas a éstas, pero descendentes igualmente, estos vestíbulos iban atenuándose, hundiéndose cada vez más en la escala de grises, escapando del blanco gotelé que siempre habían tenido, para pasar a una penumbra que parecía extenderse infinitamente, aunque no en ningún sentido macabro ni nada, simplemente se veía negro por la falta de luz. Y de materia. Era un negro como el del universo, completamente vacío.
Al final, tras cientos y cientos de peldaños, el reloj volvió a hablar "No queda mucho tiempo." "Curiosa frase para un reloj" - dije, y, aunque no recibí respuesta, los peldaños acabaron en el pasillo del instituto, justo en frente de mi aula. Al llegar al piso, sonó la campana, marcando el inicio de las clases. Me giré, y no había ninguna escalera de la que hubiese bajado, y mi reloj volvía a marcar la hora con números, y no con agujas siniestras que giran a voluntad.
Me quedé pensativo un buen rato. ¿Pero qué diablos acaba de pasar? Pero el profesor de latín llegaba ya por el otro lado del pasillo, y decidí entrar en clase antes de correr el riesgo de una advertencia, o lo que fuese.
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lunes, 16 de junio de 2014
sábado, 14 de junio de 2014
¡Adoquines de algodón de azúcar!
¡Wuó! Como veo que la última entrada de "historia 4" ha tenido bastante éxito, ¡voy a continuarla!
Días pasaron, y el mundo comenzó a volverse más y más extraño. Cosas cuya existencia hacía absurda las leyes de la lógica y al mismísimo sentido común. Estaba viendo, ante mis propios ojos, cómo el mundo perdía sus engranajes, y comenzaba a malfuncionar... Aunque "malfuncionar" no era la palabra, pues hacía su trabajo de "mundo" efectivamente... Era algo más...
Era como si esas cadenas que ataban su funcionamiento estuviesen comenzando a oxidarse y resquebrajarse. Ayer, mi despertador se disculpó por todas las molestias que me causaba a diario. ¡Sí, mi despertador! No era un despertador caro parlanchín, no, era un despertador de menos de un euro cuyo chirrido podía escucharse desde la cocina. "¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!" - Dijo - "¡Pero has de despertarte! ¡De despertar! ¡De Despertar!". Pero cuando lo paré, volvió a ser el viejo despertador de mi mesita de noche. Lo cogí, lo investigué... ¿De dónde había salido esa voz? Su precisión al pronunciar cada una de las sílabas incluso me hizo replantearme durante el desayuno que debería vocalizar más. Aquello que escuché, no era ninguna grabación... Era sin duda alguna una voz que parecía 100% humana, nada sintética. Lo peor, era que me sonaba muchísimo esa voz... Era una voz que sin duda alguna escuchaba en mis sueños, que sonaba completamente natural para mí.
Fin del desayuno, otra vez al instituto. Mi piso estaba al lado, casi contiguo. Casi me podría apresurar a decir que el ascensor tardaba más en llegar y dejarme en la planta baja, que yo en llegar al instituto. Aún así, siempre llegaba tarde. De hecho era muy curioso, ya que la mayoría de alumnos que llegaban tarde, al menos de mi clase, vivían cerca, pero solía encontrarme a más de uno al hacerme los 100 metros lisos hasta el centro, para no llegar tarde.
Hoy era un día caluroso, el tiempo se había vuelto loco, y juraría que la temperatura del aire superaba aquella de mi cuerpo. Lo peor es que ya eran y veinticinco pasadas, y a primera tenía historia, la única asignatura cuyo profesor no tenía compasión por aquellos que llegábamos pasada la campana, y nos condenaba a la sala de estudio, donde escucharíamos al profesor de guardia dándonos la charla estándar sobre el tema que te había hecho llegar allí. De hecho, seguramente habían tres "tipos": "Llegar tarde está mal, no hay excusa." "Contestarle a un profesor está mal, siempre llevan razón." "No hacer la tarea/estudiar/... está mal, el profesor se molesta mucho en mandártela." Yo ya habría escuchado todas estas numerosas veces, y podría recitarlas, incluso adecuarlas al tono de voz y léxico del profesor que me pidieseis.
Pero esto no fue lo raro. Sí, efectivamente escuché por enésima vez el primer tipo de charla. Pero no fue porque salí tarde que llegué tarde, mi problema fue pararme en el camino. Pero... ¿Qué le iba a hacer?
Al salir del portal, me encontré sobre calle que llevaba al instituto, que seguramente conocía mucho más que mi mano: Los adoquines eran hexagonales, y habían en total 9. Yo siempre los ordenaba en mi cabeza como una colmena, así pues, cada uno estaba formado por un hexágono, rodeado de otros 6 hexágonos a los que estaba unido por cada uno de sus lados, y el hexágono que quedaba más arriba tenía otros dos hexágonos más pegados a sus lados superiores, derecho e izquierdo. Correr no era mucho de mi agrado, y solía tratar de escapar de esa realidad. Los adoquines solían ayudarme a escapar de ella.
Pues bien, sobre esos adoquines que componían esa calle, se encontraban todas las personas con las que me había encontrado en el eterno sprint que me tenía que dar. Todas. No faltaba ni una. El recordar caras no era una de mis facultades más desarrolladas, pero no había duda.
Al cruzar la calle, todas decían lo mismo. "Rápido, te estamos esperando." "Rápido. Rápido. ¡Rápido!" Sonaba como miles de grabaciones, todas con pequeñas alteraciones, que me perseguían. Miré la hora: Y 28 minutos. Tenía sólo 2 minutos de márgen para llegar a tiempo, así que decidí correr. Pero todos ellos hicieron lo mismo. Parecían monos de feria, y claramente, la calle no aguantó el peso de 500 personas corriendo, y se derrumbó. Adoquín por adoquín fue cayendo, tanto que parecía el momento cliché de cualquier película de acción en la que los protagonistas saltaban por rocas precipitándose al vacío, para conseguir salir vivos de alguna aventura a punto de finalizar.
Los cuerpos de mis amigos cayeron, pero sus cabezas continuaron el sprint del cual me había privado la calle que conocía más que la palma de mi mano. En el lugar de sus cabezas tenían una especie de esfera perfecta que no tenía sentido alguno allí. Una esfera mil veces más redonda y perfecta que cualquier otro cuerpo celeste en el universo. Miré abajo, y estaba aquella aborrecida sala de estudio. Los adoquines se dividieron en los hexágonos que los componían, he hicieron un mensaje: "No nos queda mucho tiempo: Despierta." Ese mensaje ahora lucía en las paredes de la sala de estudio, pero a nadie le parecía extraño. Tras la caída, efectivamente, me encontraba en la mitad de aquella charla. Tipo uno, variedad profesora de biología soltera, a la que hacían mínimo 10 años que se le había pasado el arroz.
Algunos adoquines me cayeron mientras ella hablaba, pero ella sólo los miró caer, sin pausar aquel monólogo. Más de uno aterrizó en mi cabeza, pero al hacerlo simplemente rebotó y se convirtió en algodón de azúcar con esa misma forma. Sin cambio alguno. De hecho, su peso seguramente era el mismo, ya que podían apreciarse algunos mini-cráteres donde habían caído, pero en mi cabeza fueron completamente inocuos.
El resto del día se pasó "normal". Los alumnos competían por poder comer estos hexágonos de algodón de azúcar, que de cuando en cuando caían como el granizo. Pensaréis: ¿El edificio no recibió daños? Pues no. Al acabarse las clases incluso aquellos agujeros que habían dejado en ventanas y mesas de pésimo aglomerado, habían desaparecido. Ni rastro.
Pero no fue uno de los días más extraños. No. Cada día el mundo se retorcía un poco más, y mi miedo de "qué pasará mañana" no dejaba de crecer.
Días pasaron, y el mundo comenzó a volverse más y más extraño. Cosas cuya existencia hacía absurda las leyes de la lógica y al mismísimo sentido común. Estaba viendo, ante mis propios ojos, cómo el mundo perdía sus engranajes, y comenzaba a malfuncionar... Aunque "malfuncionar" no era la palabra, pues hacía su trabajo de "mundo" efectivamente... Era algo más...
Era como si esas cadenas que ataban su funcionamiento estuviesen comenzando a oxidarse y resquebrajarse. Ayer, mi despertador se disculpó por todas las molestias que me causaba a diario. ¡Sí, mi despertador! No era un despertador caro parlanchín, no, era un despertador de menos de un euro cuyo chirrido podía escucharse desde la cocina. "¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!" - Dijo - "¡Pero has de despertarte! ¡De despertar! ¡De Despertar!". Pero cuando lo paré, volvió a ser el viejo despertador de mi mesita de noche. Lo cogí, lo investigué... ¿De dónde había salido esa voz? Su precisión al pronunciar cada una de las sílabas incluso me hizo replantearme durante el desayuno que debería vocalizar más. Aquello que escuché, no era ninguna grabación... Era sin duda alguna una voz que parecía 100% humana, nada sintética. Lo peor, era que me sonaba muchísimo esa voz... Era una voz que sin duda alguna escuchaba en mis sueños, que sonaba completamente natural para mí.
Fin del desayuno, otra vez al instituto. Mi piso estaba al lado, casi contiguo. Casi me podría apresurar a decir que el ascensor tardaba más en llegar y dejarme en la planta baja, que yo en llegar al instituto. Aún así, siempre llegaba tarde. De hecho era muy curioso, ya que la mayoría de alumnos que llegaban tarde, al menos de mi clase, vivían cerca, pero solía encontrarme a más de uno al hacerme los 100 metros lisos hasta el centro, para no llegar tarde.
Hoy era un día caluroso, el tiempo se había vuelto loco, y juraría que la temperatura del aire superaba aquella de mi cuerpo. Lo peor es que ya eran y veinticinco pasadas, y a primera tenía historia, la única asignatura cuyo profesor no tenía compasión por aquellos que llegábamos pasada la campana, y nos condenaba a la sala de estudio, donde escucharíamos al profesor de guardia dándonos la charla estándar sobre el tema que te había hecho llegar allí. De hecho, seguramente habían tres "tipos": "Llegar tarde está mal, no hay excusa." "Contestarle a un profesor está mal, siempre llevan razón." "No hacer la tarea/estudiar/... está mal, el profesor se molesta mucho en mandártela." Yo ya habría escuchado todas estas numerosas veces, y podría recitarlas, incluso adecuarlas al tono de voz y léxico del profesor que me pidieseis.
Pero esto no fue lo raro. Sí, efectivamente escuché por enésima vez el primer tipo de charla. Pero no fue porque salí tarde que llegué tarde, mi problema fue pararme en el camino. Pero... ¿Qué le iba a hacer?
Al salir del portal, me encontré sobre calle que llevaba al instituto, que seguramente conocía mucho más que mi mano: Los adoquines eran hexagonales, y habían en total 9. Yo siempre los ordenaba en mi cabeza como una colmena, así pues, cada uno estaba formado por un hexágono, rodeado de otros 6 hexágonos a los que estaba unido por cada uno de sus lados, y el hexágono que quedaba más arriba tenía otros dos hexágonos más pegados a sus lados superiores, derecho e izquierdo. Correr no era mucho de mi agrado, y solía tratar de escapar de esa realidad. Los adoquines solían ayudarme a escapar de ella.
Pues bien, sobre esos adoquines que componían esa calle, se encontraban todas las personas con las que me había encontrado en el eterno sprint que me tenía que dar. Todas. No faltaba ni una. El recordar caras no era una de mis facultades más desarrolladas, pero no había duda.
Al cruzar la calle, todas decían lo mismo. "Rápido, te estamos esperando." "Rápido. Rápido. ¡Rápido!" Sonaba como miles de grabaciones, todas con pequeñas alteraciones, que me perseguían. Miré la hora: Y 28 minutos. Tenía sólo 2 minutos de márgen para llegar a tiempo, así que decidí correr. Pero todos ellos hicieron lo mismo. Parecían monos de feria, y claramente, la calle no aguantó el peso de 500 personas corriendo, y se derrumbó. Adoquín por adoquín fue cayendo, tanto que parecía el momento cliché de cualquier película de acción en la que los protagonistas saltaban por rocas precipitándose al vacío, para conseguir salir vivos de alguna aventura a punto de finalizar.
Los cuerpos de mis amigos cayeron, pero sus cabezas continuaron el sprint del cual me había privado la calle que conocía más que la palma de mi mano. En el lugar de sus cabezas tenían una especie de esfera perfecta que no tenía sentido alguno allí. Una esfera mil veces más redonda y perfecta que cualquier otro cuerpo celeste en el universo. Miré abajo, y estaba aquella aborrecida sala de estudio. Los adoquines se dividieron en los hexágonos que los componían, he hicieron un mensaje: "No nos queda mucho tiempo: Despierta." Ese mensaje ahora lucía en las paredes de la sala de estudio, pero a nadie le parecía extraño. Tras la caída, efectivamente, me encontraba en la mitad de aquella charla. Tipo uno, variedad profesora de biología soltera, a la que hacían mínimo 10 años que se le había pasado el arroz.
Algunos adoquines me cayeron mientras ella hablaba, pero ella sólo los miró caer, sin pausar aquel monólogo. Más de uno aterrizó en mi cabeza, pero al hacerlo simplemente rebotó y se convirtió en algodón de azúcar con esa misma forma. Sin cambio alguno. De hecho, su peso seguramente era el mismo, ya que podían apreciarse algunos mini-cráteres donde habían caído, pero en mi cabeza fueron completamente inocuos.
El resto del día se pasó "normal". Los alumnos competían por poder comer estos hexágonos de algodón de azúcar, que de cuando en cuando caían como el granizo. Pensaréis: ¿El edificio no recibió daños? Pues no. Al acabarse las clases incluso aquellos agujeros que habían dejado en ventanas y mesas de pésimo aglomerado, habían desaparecido. Ni rastro.
Pero no fue uno de los días más extraños. No. Cada día el mundo se retorcía un poco más, y mi miedo de "qué pasará mañana" no dejaba de crecer.
martes, 3 de junio de 2014
"Si estás leyendo ésto, tenemos una noticia para tí: Has estado en coma desde hace 10 años.
Estamos utilizando todo lo que tenemos para despertarte. Si lees esto... Por favor, despierta."
La frase me impactó. Estábamos haciendo un trabajo en lengua castellana sobre los tipos de texto de la actualidad, analizándolos y descubriendo su naturaleza, y esas cosas.
Realmente, eso era lo que tendríamos que estar haciendo, pero en los días dieci-algo de junio, ya ni los profesores tienen ganas de dar temario, y simplemente nos obligó a traer periódicos para hacer ver como que hacíamos algo. El profesor estaba reclinado, con las piernas sobre la mesa, inmerso en lo que parecía la lectura de algún libro en su ipad.
Mi postura tampoco variaba mucho, los dos antebrazos apoyados en la mesa, cruzados, y mi cabeza encima, mirando por la ventana. El resto de la clase se dividía en dos grupos, uno jugando a las cartas y otros con los ojos fijados en sus teléfonos, comentando vídeos virales y chistes grabados, por ello, en la clase había un bullicio permanente, que a veces bajaba o subía el tono según molestase o no al profesor en su lectura...
Era realmente el ambiente de los últimos días de instituto. Una hora entera así te dejaba el cerebro aletargado para el resto de la jornada, pero había que seguir viniendo si no queríamos tener faltas.
Entonces mi compañero de mesa comenzó a llamarme. Tardé en reaccionar bastante, el simple hecho de cambiar de postura era cercano a agotador con el calor que hacía. Impaciente, me lanzó una bola de periódico, que rebotó en mi cabeza y cayó al suelo.
+ ¡Túu! Deberíamos hacer algo con esto del periódico, ¿no?
Respondí con un gruñido, y me levanté a por el proyectil que me había lanzado hace unos segundos. Pensándolo ahora, no entiendo por qué lo hice. Fue como si esa pobre página de periódico me llamara. Pero una llamada muy fuerte, aún así imperceptible. Las posibilidades de que yo me levantase para coger aquella pelota, era seguramente una cifra tras una coma y adelantada por millones de ceros.
... Pero aún así, lo hice.
Me levanté, conseguí salir por el pequeño espacio que había entre la silla de mi compañero y la mesa de atrás, y me agaché para coger la pelota.
Pero a como cinco minutos de alcanzarla inevitablemente, sentí un escalofrío. Era extraño.
Cuando alguien hace una pelota, normalmente suele quedar el papel arrugado de una forma irregular, sin realmente forma de leer nada, sólo algunas palabras, letras sueltas, y como mucho frases cortas.
Y efectivamente, así era, pero podía leer perfectamente aquel enunciado:
"Si estás leyendo ésto, tenemos una noticia para tí: Has estado en coma desde hace 10 años.
Estamos utilizando todo lo que tenemos para despertarte. Si lees esto... Por favor, despierta."
Intenté seguir leyendo la noticia, pero no había continuidad. Es más, parecía como si esa frase hubiese sido pegada ahí con celo, pues tanto la noticia de arriba como la de abajo tenían una cierta relación, pero aquella era completamente aliena.
Le enseñé aquella bola a su lanzador, pero me miró extrañado, y al volver a dirigir la mirada al lugar donde antes estaban inscritas aquellas palabras... Ya no había nada.
Pero yo estaba seguro. Ahí estaba escrito eso. ¿Por qué ahora no? Y además, ¿por qué de aquella manera tan extraña? Y encima sin ningún efecto para desvanecerse. Nada paranormal. Parecía incluso razonable. Ni un triste efecto de humo para que desapareciese el texto. Na-da. Creo que por ello, mi mente asumió que efectivamente no era un sueño. Y mi vida comenzó a ser un sinsentido.
Estamos utilizando todo lo que tenemos para despertarte. Si lees esto... Por favor, despierta."
La frase me impactó. Estábamos haciendo un trabajo en lengua castellana sobre los tipos de texto de la actualidad, analizándolos y descubriendo su naturaleza, y esas cosas.
Realmente, eso era lo que tendríamos que estar haciendo, pero en los días dieci-algo de junio, ya ni los profesores tienen ganas de dar temario, y simplemente nos obligó a traer periódicos para hacer ver como que hacíamos algo. El profesor estaba reclinado, con las piernas sobre la mesa, inmerso en lo que parecía la lectura de algún libro en su ipad.
Mi postura tampoco variaba mucho, los dos antebrazos apoyados en la mesa, cruzados, y mi cabeza encima, mirando por la ventana. El resto de la clase se dividía en dos grupos, uno jugando a las cartas y otros con los ojos fijados en sus teléfonos, comentando vídeos virales y chistes grabados, por ello, en la clase había un bullicio permanente, que a veces bajaba o subía el tono según molestase o no al profesor en su lectura...
Era realmente el ambiente de los últimos días de instituto. Una hora entera así te dejaba el cerebro aletargado para el resto de la jornada, pero había que seguir viniendo si no queríamos tener faltas.
Entonces mi compañero de mesa comenzó a llamarme. Tardé en reaccionar bastante, el simple hecho de cambiar de postura era cercano a agotador con el calor que hacía. Impaciente, me lanzó una bola de periódico, que rebotó en mi cabeza y cayó al suelo.
+ ¡Túu! Deberíamos hacer algo con esto del periódico, ¿no?
Respondí con un gruñido, y me levanté a por el proyectil que me había lanzado hace unos segundos. Pensándolo ahora, no entiendo por qué lo hice. Fue como si esa pobre página de periódico me llamara. Pero una llamada muy fuerte, aún así imperceptible. Las posibilidades de que yo me levantase para coger aquella pelota, era seguramente una cifra tras una coma y adelantada por millones de ceros.
... Pero aún así, lo hice.
Me levanté, conseguí salir por el pequeño espacio que había entre la silla de mi compañero y la mesa de atrás, y me agaché para coger la pelota.
Pero a como cinco minutos de alcanzarla inevitablemente, sentí un escalofrío. Era extraño.
Cuando alguien hace una pelota, normalmente suele quedar el papel arrugado de una forma irregular, sin realmente forma de leer nada, sólo algunas palabras, letras sueltas, y como mucho frases cortas.
Y efectivamente, así era, pero podía leer perfectamente aquel enunciado:
"Si estás leyendo ésto, tenemos una noticia para tí: Has estado en coma desde hace 10 años.
Estamos utilizando todo lo que tenemos para despertarte. Si lees esto... Por favor, despierta."
Intenté seguir leyendo la noticia, pero no había continuidad. Es más, parecía como si esa frase hubiese sido pegada ahí con celo, pues tanto la noticia de arriba como la de abajo tenían una cierta relación, pero aquella era completamente aliena.
Le enseñé aquella bola a su lanzador, pero me miró extrañado, y al volver a dirigir la mirada al lugar donde antes estaban inscritas aquellas palabras... Ya no había nada.
Pero yo estaba seguro. Ahí estaba escrito eso. ¿Por qué ahora no? Y además, ¿por qué de aquella manera tan extraña? Y encima sin ningún efecto para desvanecerse. Nada paranormal. Parecía incluso razonable. Ni un triste efecto de humo para que desapareciese el texto. Na-da. Creo que por ello, mi mente asumió que efectivamente no era un sueño. Y mi vida comenzó a ser un sinsentido.
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